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sábado, 23 de octubre de 2010

Pildoritas Liberales



En lo tocante a la ciencia, la autoridad de un millar no es superior al humilde razonamiento de una sola persona.

Galileo Galilei

RECORDANDO A DON ALVARO BARDON



GRAN DINAMISMO DEL ROBO POLITICO
Jueves 13 de Marzo de 2008

En todo esto hay exageraciones, pero también verdades, por lo demás clásicas, del Estado benefactor discrecional y grande, como las que ha puesto nuevamente de moda la Concertación y que son características del socialismo.

¿Radical? "¡Ladrón!", dicen que respondía burdamente "el pueblo" al escuchar esa palabra en los años 50, y los viejos dirigentes políticos todavía solían recordar quiénes, en 1939, habían sido los peores en quedarse con colchones, frazadas y platas destinados a los damnificados en el terremoto de Chillán. El general Ibáñez ganó la Presidencia prometiendo barrer con los ladrones. El año 51, yo lucía una escoba ibañista en el ojal.

Luego, los partidos del general resultaron "peor que gato de campo", y el ibañismo duró lo que la lombriz en el pico del pavo, acto seguido de hacer su contribución a la ruina del país, vía los controles estatales, el proteccionismo, los favores oficiales a los ricos, y las platas y pegas para los amigos. Se decía entonces que siempre había que preferir al amigo, y entre éste y el pariente, ¡naturalmente al pariente! Eran, a fin de cuentas, francos.

Los partidos de derecha miraban el poder de lejos, o como minorías en coaliciones, así que cuesta encontrarles escándalos de plata. Algo hubo, sí, con la devaluación del dólar en los años 60 y, junto a los demás partidos, favores importantes por la vía de consejerías parlamentarias, Banco Central, Corfo, banca estatal, Ministerio de Economía, etcétera.

Bueno, en las economías de Estado grande y discrecional es imposible que no haya robatina, y esto afectó a todos los partidos y sigue desprestigiando la política, como se ve en estos días. Esos manejos de platas vienen destruyendo al PDC hace tiempo, pero sus dirigentes siguen hablando como Catones de la moralidad y lo honestos que "fueron" sus líderes. Hoy, ya todos perciben cómo se reparten pegas, ministerios, créditos, becas, viajes, agregadurías y miles de programas tipo Bicentenario, que además de no servir para nada, suelen terminar con empleos y negocios para los de la Concertación. Han abundado los "sobres brujos" para ministros, presidentes y altos funcionarios, los MOP-Gates, coimas, "comisiones", premios y derroches espurios, como los de EFE, Metro, Transanlagos, puentes o regalos "contables" en la educación.

Este conjunto de escándalos de envergadura ha demostrado que Chile no es tan honesto, que hay corrupción igual que en otros países. Los políticos se repiten los espárragos con la mayor naturalidad y se suben los sueldos -ya muy altos- y otras platas con el mayor desparpajo, en un sistema de partidos cerrados, sin real competencia.

Todos podemos ser más o menos "descuidados", pero en el último tiempo nos hemos propasado, quizás porque el país es más rico y porque los estatistas no permiten reducir los impuestos, destinados a sus bolsillos de ayuda a los pobres.

A mí me aterroriza que no haya conciencia de esto y que se sigan planteando nobles programas de ayuda al pueblo, que siempre han concluido en lo mismo. ¿O ha mejorado la distribución del ingreso? Las fórmulas más libres, con subsidios a la demanda, no son del gusto de los políticos, porque les quitan poder. La derecha podría tomar esta bandera denunciando la robatina, pero no le interesa. ¿Por qué? No sé cómo se pueda hacer cambiar el voto y la opinión de la gente sin mostrarle la corrupción de muchos políticos de la Concertación, quizás involuntaria, porque creen que con todas estas platas se ayuda a los pobres desde sus bolsillos.

EL NEGOCIO DE LOS DDHH DE LA IZQUIERDA CHILENA



No debe extrañar a nadie el verdadero negocio público que armaron los gobiernos de izquierda de los últimos 20 años para, supuestamente, defender los derechos humanos. Ellos, los históricamente violadores de los derechos humanos se han transformado, ¡que paradoja!, en sus principales defensores…Pero, claro, lo han transformado en un muy buen negocio a cargo de los contribuyentes…

El negocio de los DDHH de la izquierda

Así, durante estos años, la izquierda ha promulgado las leyes 19.123 o Informe Rettig, 19.234 o de beneficios para los Exonerados Políticos y 19.992 sobre prisión política y Tortura, y hasta agosto del 2007, todos estos pagos han alcanzado la impactante cifra de US$ 1.386.000.000. Anualmente estos beneficios tienen un costo aproximado para los contribuyentes y el erario nacional de US$ 200.000.000. El desglose es el siguiente:

Ley 19.123 de Reparación, originada en el Informe Rettig (por desaparición y ejecutados) contempla $2.500.000 al año por beneficiario. Entre 1994 y 2006 arroja una cantidad de $99.799.067.000. A eso hay que agregar un bono compensatorio pagado por una vez en 1992 de $2.500.000 (Dos millones y medio de pesos).

Ley 19.234 Estableció beneficios para los Exonerados Políticos, desde 1995 hasta 2006 a significado una cantidad de $573.788.439.000.

Ley 19.992 sobre Prisión Política y Tortura (Producto del Informe Valech) entre 2005 y 2006 ha significado la cantidad de $44.734.983.000.

Resulta claro de que estamos hablando: un verdadero negocio con los recursos de los contribuyentes que debe detenerse. Es así como se confirma la tesis de que a los progresistas les desagrada el capitalismo de derecha pero son fanáticos del capitalismo de estado o de izquierda.

La defensa de los derechos humanos solo requiere de más democracia

Lo extraño de todo es que, en democracia, la defensa de los derechos humanos solo requiere leyes que nos hagan iguales y sean respetadas por todos.

John Locke decía que “la finalidad perseguida por las leyes no se cifra en abolir o limitar la libertad, sino, por el contrario, en preservarla y aumentarla. En su consecuencia, allí donde existen criaturas capaces de ajustar su conducta a normas legales, la ausencia de leyes implica carencia de libertad. Porque la libertad presupone el poder actuar sin someterse a limitaciones y violencias que provienen de otros; y nadie puede eludirlas donde se carece de leyes. Tampoco la libertad consiste -como se ha dicho- en que cada uno haga lo que le plazca. ¿Qué hombre sería libre si el capricho de cada semejante pudiera gobernarlo? La libertad consiste en disponer y ordenar al antojo de uno su persona, sus acciones, su patrimonio y cuanto le pertenece, dentro de los límites de las leyes bajo las que el individuo está, y, por lo tanto, no en permanecer sujeto a la voluntad arbitraria de otro, sino libre para seguir la propia”.

La lucrativa institucionalidad de los derechos humanos

El negocio público de los derechos humanos se centra en instituciones como el Instituto de Derechos Humanos, el Museo de la Memoria, otras fundaciones y las regalías de las leyes de reparación que nacieron en estos 20 años de gobiernos de izquierda y que por supuesto, requieren recursos siempre crecientes para funcionar, siendo su único fin recordar y mantener una “atenta vigilancia sobre la situación de los derechos humanos en Chile”.

Así, los ejecutivos de la actual institucionalidad pública, autónoma, asociada a los derechos humanos están preocupados por la disminución de los presupuestos asignados y como la intención es mantener y/o aumentar, pero no reducir, los montos históricos, están realizando el lobby para que los parlamentarios de la oposición presionen al gobierno con el bloqueo de estar partidas del presupuesto.

Resulta curiosa la “independencia” de esta parte del sector público para defender sus propios y particulares intereses. Fueron creadas como una extensión de la ideología de izquierda y financiada por los gobiernos de izquierda de los últimos 20 años, pero la cuestión es: ¿Qué aporta esta institucionalidad para que los contribuyentes sigan aportando recursos?, ¿Por qué no usar esos recursos en otros fines?.

Los reclamos (ver carta anexa) están liderados por la directora del Instituto de Derechos Humanos, Lorena Fries, quién ha pedido a los parlamentarios opositores que salgan a denunciar este fuerte recorte presupuestario. La ley 20405 creó esta institución “como una corporación autónoma de derecho público, con personalidad jurídica y patrimonio propio..”. Así, el IDH debe solicitar financiamiento y en esta oportunidad solicitó $2.180 millones y el presupuesto solo le asignó algo más $1.000 millones, cifra “muy menor” para que éste funcione durante todo el año. En opinión de Fries “estamos en una situación muy complicada…que nos rebajen cerca del 35% es atentar contra el mandato legal, no cubrimos todas nuestras necesidades y eso es no darle la relevancia que tiene al Instituto. Hubiese esperado que nuestro surgimiento fuera bienvenido por todos los sectores y a eso aspiramos"...¿Cómo puede ser autónoma una institución si necesita recursos del estado?

En democracia, los DDHH se respetan con leyes justas e igualitarias, y así lo confirma la misma ley en su Artículo 2º al plantear que el IDH “tiene por objeto la promoción y protección de los derechos humanos de las personas que habiten en el territorio de Chile, establecidos en las normas constitucionales y legales; en los tratados internacionales suscritos y ratificados por Chile y que se encuentran vigentes, así como los emanados de los principios generales del derecho, reconocidos por la comunidad internacional”.


Es decir, en democracia, los DDHH se respetan promoviendo leyes que defiendan los derechos individuales de manera justa e igualitaria, pero no creando instituciones autónomas y parásitas que terminan defendiendo sus propios intereses como es este el caso.


ANEXO: La carta de la Sra Fries
Viernes 22 de Octubre de 2010

Derechos Humanos: desafío transversal

Señor Director:

La creación del Instituto Nacional de Derechos Humanos constituyó uno de los consensos importantes en lo que podríamos llamar la conversación política y social de los derechos humanos en Chile. En efecto, nuestra experiencia en derechos humanos tiene su origen en las violaciones sistemáticas y generalizadas ocurridas entre los años 1973 y 1990. A partir de entonces, y si bien otros campos normativos y de reflexión se han abierto, no se ha logrado instalar aún una mirada integral en materia de derechos humanos.

La voluntad política de todo el espectro en la aprobación de la Ley 20.405 fue una buena señal y, más aún, da cuenta de que existió una disposición para encarar el desafío de superar las trincheras, las apropiaciones y las descalificaciones en torno a la temática, que inauguraron un nuevo período en dicha conversación. Ese primer consenso reflejó una preocupación de país y una convicción en torno a que es necesario ampliar, renovar e integrar aquello que hasta ahora habíamos entendido como derechos humanos, con el conjunto de demandas por reconocimiento y protección de otros derechos, propio de una sociedad moderna y democrática. Queda aún mucho paño que cortar, pero ese consenso marco original debiera guiar esta etapa de manera de minimizar temores, prejuicios y estigmatizaciones a los que hemos estado habituados en los últimos años.

Ningún Estado festeja el que una entidad nacional autónoma de derechos humanos le señale que se puede avanzar más en el reconocimiento o protección de un derecho, y por tanto diferencias en este campo las habrá. Ellas, sin embargo, son el reflejo de una sociedad que madura y no de una que se convulsiona. Inauguremos entonces un nuevo período donde la reflexión y el debate democrático sean los elementos que nutran los avances en materia de derechos humanos, superando la práctica política nacional a dos bandas en la que lo que unos dicen es negado por otros y viceversa. El Instituto Nacional de Derechos Humanos constituye una inversión para el país, o, más importante todavía, para todos los chilenos y chilenas y tendremos que aprender -y el Instituto debe contribuir a hacer pedagogía no sólo en materia de derechos, sino que también en torno al rol que está llamado a cumplir- a reconocer la existencia y relacionarnos con este nuevo actor.

No escapa a este proceso el que hoy se esté debatiendo el presupuesto del Instituto en el Parlamento. La inauguración de funciones del Instituto Nacional de Derechos Humanos debiera darse en el marco de la voluntad transversal que lo creó. Requiere del apoyo político de todos los partidos y del Gobierno para superar la incomprensión reflejada en una merma del 34,1% respecto del presupuesto solicitado originalmente con que nace a la luz pública. Si no se entiende esta necesidad -que por lo demás afectaría el cumplimiento de las funciones que le señala la ley-, habremos dejado escapar una oportunidad única para trazar la conversación a futuro de los derechos humanos.

Lorena Fríes
Directora Instituto Nacional de Derechos Humanos

EL GALLITO DE SARKOZY: ESTADO DE BIENESTAR O ESTADO SANO



Continúan las protestas en Francia por la reforma previsional que el gobierno pretende imponer, pero los sindicatos no parecen dar los brazos a torcer en este gallito con el gobierno.

Sarkozy, como buen francés, solo debe querer lo mejor para Francia. El estado de las finanzas del país hace insostenible la situación para los próximos años lo que requiere reformas que vayan al centro de la problemática: se trabaja poco y los fondos de cotizaciones son insuficientes. Un francés típico que jubile hoy a los 60 años puede disfrutar del resto de su vida si ha ahorrado, pero si no tiene el volumen de cotizaciones mínimo el estado debe proporcionarle los medios para disfrutar del mismo estándar de vida que el primero. Y al parecer los que trabajan poco ya han superado por mucho a los que trabajan duro, y este es el motivo del permanente desfinanciamiento.

Así, después de décadas de estados de bienestar y relajo laboral, los sindicatos toman la bandera y afirman que los “beneficios ya conseguidos deben defenderse” –típica afirmación izquierdista- por lo que consideran un atropello a sus derechos. Y nosotros sabemos que la gente de izquierda no cree en la democracia ni en sus instituciones cuando el viento les viene en contra. Ellos miran el corto plazo en la defensa de sus intereses, y no miran el largo plazo de los intereses de todos los franceses.

Durante años muchos han profitado del estado, gozado de la vida y disfrutado de un bienestar inmerecido a costa de los demás. Para financiar la vejez con recursos públicos se requiere un país dinámico que crezca económicamente y desde hace tiempo se indica que la caída de la actividad es la norma.

Y sin reformas fuertes, en algún momento la cuenta la tendrá que pagar alguien. La valentía de Sarkozy es que enfrenta un problema de frente. Es cierto que se le podría achacar falta de “muñeca política” para negociar, pero debemos reconocer que con la izquierda no se puede negociar porque amenazan siempre con que “cuando la izquierda sale a la calle, todos tiemblan”

Se acabó el estado de bienestar europeo, y estamos observando los síntomas de su caída en toda Europa. Sarkozy podrá ganar o perder en este gallito con los sindicatos, pero las cosas ya no serán las mismas en Francia.

miércoles, 20 de octubre de 2010

EL ESTADO por Frederic Bastiat



Yo quisiera que se creara un premio, no de quinientos francos, sino de un millón, con coronas, cruz y cinta en favor de aquél que diera una definición buena, simple e inteligible de esta palabra: El Estado.

¡Qué inmenso servicio proporcionaría a la sociedad! ¡El Estado! ¿Qué es? ¿Dónde está? ¡Qué hace? ¿Qué debería hacer?

Todo lo que nosotros sabemos es que es un personaje misterioso, y seguramente el más solicitado, el más atormentado, el más atareado, el más aconsejado, el más acusado, el más invocado y el más provocado que hay en el mundo.

Porque, Señor, no he tenido el honor de conocerle, pero yo apuesto diez contra uno a que después de seis meses Usted hace utopías, y si Usted hace utopías, apuesto diez contra uno a que Usted encarga al Estado de realizarlas.

Y Usted, Señora, estoy seguro de que desearía en el fondo de su corazón curar todos los males de la triste humanidad y que Usted no estaría de ningún modo molesta si el Estado quisiera solamente prestarse a ello.

Pero, ¡ay! El infeliz, como Fígaro, no sabe a quién oír ni a cuál lado volverse. Las cien mil bocas de la prensa y de la tribuna le gritan a la vez:

"Organiza el trabajo a los trabajadores.
Extirpa el egoísmo.
Reprime la insolencia y la tiranía del capital.
Haz experimentos sobre el estiércol y sobre los huevos.
Surca el país de rieles.
Irriga los llanos.
Puebla de árboles las montañas.
Funda granjas modelos
Funda talleres armoniosos.
Coloniza Argelia.
Amamanta a los niños.
Instruye la juventud.
Asegura la vejez.
Envía a los campos los habitantes de los pueblos.
Pondera los beneficios de todas las industrias.
Presta dinero sin interés a quienes lo deseen.
Libera Italia, Polonia y Hungría.
Eleva y perfecciona el caballo de silla.
Estimula el arte, fórmanos músicos y bailarines.
Prohibe el comercio y, a la misma vez crea una marina mercante.
Descubre la verdad y echa en nuestras cabezas una pizca de razón. El Estado tiene por misión esclarecer, desarrollar, agrandar, fortalecer, espiritualizar y santificar el alma de los pueblos."
- "¡Eh! Señores, un poco de paciencia, responde el Estado, con un aire lastimoso.

"Yo intentaré satisfacerlos, pero para ello me hacen falta algunos recursos. He preparado proyectos concernientes a cinco o seis impuestos totalmente nuevos y los más benignos del mundo. Ustedes querrán el placer de pagarlos".

Pero entonces un gran grito se eleva: "¡Ah no! ¡Ah no! ¡Cuál sería el buen mérito de hacer cualquier cosa con recursos! No valdría la pena de llamarse Estado. Lejos de preocuparnos por nuevos impuestos, le conminamos a retirar los antiguos. Suprime:

El impuesto de la sal;
El impuesto de las bebidas;
El impuesto de las cartas;
La concesión;
Las patentes;
Las prestaciones."
En medio de este tumulto y después de que el país ha cambiado dos o tres veces su Estado por no tener satisfechos a todos tales demandas, he querido hacer ver que ellas han sido contradictorias. ¡De qué me he atrevido, por Dios! ¿No pude guardar para mí esta infortunada observación?

Heme aquí desacreditado ante todos por siempre, acusando recibo de que soy un hombre sin corazón y sin entrañas, un filósofo seco, un individualista, un burgués y, para decirlo todo en una palabra, un economista de la escuela inglesa o estadounidense.

¡Oh! Perdónenme, escritores sublimes, que nada me detiene, ni las mismas contradicciones. Estoy equivocado, sin duda, y me retracto de todo corazón. No pido nada mejor, estén seguros, que Ustedes hayan verdaderamente descubierto, fuera de nosotros, un ser bienhechor e inagotable, llamado Estado, que tiene pan para todas las bocas, trabajo para todos los brazos, capitales para todas las empresas, crédito para todos los proyectos, aceite para todas las llagas, alivio para todos los sufrimientos, consejo para todos los perplejos, soluciones para todas las dudas, verdades para todas las inteligencias, distracciones para todos los aburrimientos, leche para la infancia, vino para la vejez, que provee a todas nuestras necesidades, previene todos nuestros deseos, satisface todas nuestras curiosidades, endereza todos nuestros errores, todas nuestras faltas y nos dispensa a todos en adelante de previsión, de prudencia, de juicio, de sagacidad, de experiencia, de orden, de economía, de temperamento y de actividad.

¿Y por qué no lo desearía? Dios me perdone, entre más he reflexionado, más encuentro que el asunto es cómodo y estoy impaciente de tener, yo también, a mi alcance, esta fuente inagotable de riquezas y de luces, esta medicina universal, este tesoro sin fondo, este consejero infalible que Ustedes llaman Estado.

También pido que me lo muestren, que me lo definan, porque propongo la creación de un premio para el primero que descubra este fénix. Porque, en fin, bien se me recordará que este descubrimiento precioso todavía no ha sido hecho, porque, hasta ahora, a todo esto que se presenta bajo el nombre del Estado el pueblo le derroca enseguida, precisamente porque no llena las condiciones algo contradictorias del programa.

¿Falta decirlo? Temo que seamos, en este respecto, engañados por una de las más bizarras ilusiones que se hayan apoderado jamás del ser humano.

El hombre repugna de la Pena, del Sufrimiento. Y sin embargo está condenado por la naturaleza al Sufrimiento de la Privación si no acepta la Pena del Trabajo. No tiene luego más que la elección entre estos dos males.

¿Cómo hacer para evitar los dos? Hasta aquí no ha encontrado ni encontrará jamás otro medio: disfrutar del trabajo de otro; hacer de suerte que la Pena y la Satisfacción no incumban a cada uno según la proporción natural, sino que toda la pena sea para los unos y todas las satisfacciones para los otros. De allí la esclavitud, de allí la expoliación, en cualquier forma que tome: guerras, imposturas, violencias, restricciones, fraudes, etc., abusos monstruosos pero consecuentes con el pensamiento que les ha dado nacimiento. Se debe odiar y combatir a los opresores, no se puede decir que sean absurdos.

La esclavitud está terminando, gracias al Cielo, y, por otro lado, esta disposición por la que estamos listos a defender nuestro bien hace que la Expoliación directa y cándida no sea fácil. Una cosa pues permanece. Es esta infeliz inclinación primitiva que llevan dentro de sí todos los hombres a dividir en dos partes la suerte compleja de la vida, rechazando la Pena sobre otros y guardando la Satisfacción para sí mismos. Queda por ver bajo cuál forma nueva se manifiesta esta triste tendencia.

El opresor no actúa más directamente por sus propias fuerzas sobre el oprimido. No, nuestra conciencia se ha convertido en demasiado meticulosa para ello. Hay todavía tirano y víctima, pero entre ellos se coloca un intermediario que es el Estado, es decir la ley misma. ¿Qué más propio para hacer callar nuestros escrúpulos y, lo qué es quizás más apreciado, para vencer las resistencias? Luego, todos, con un título cualquiera, bajo un pretexto o bajo otro, nos dirigimos al Estado. Le decimos: "No he encontrado entre mis goces y mi trabajo una proporción que me satisfaga. Bien quisiera, para establecer el equilibrio deseado, tomar algún poco del bien de otro. Pero esto es peligroso. ¿No podría Usted facilitarme la cosa? ¿No podría darme una buena plaza? ¿O bien dificultar la industria de mis competidores? ¿O bien prestarme capitales que Usted haya tomado a sus propietarios? ¿O asegurarme el bienestar cuando tenga cincuenta años? Por este medio, llegaré a mi meta con toda tranquilidad de conciencia, porque la ley misma habrá actuado por mí, ¡y tendré todas las ventajas de la expoliación sin tener ni los riesgos ni los odios!

Como es cierto, por una parte, que dirigimos todos al Estado alguna demanda semejante y que, por otra parte, está comprobado que el Estado no puede procurar satisfacción a los unos sin aumentar el trabajo de los otros, en espera de otra definición del Estado me creo autorizado a dar aquí la mía. ¿Quién sabe si me llevaré el premio? Hela aquí:

El Estado es la gran ficción a través de la cual todo el mundo se esfuerza en vivir a expensas de todo el mundo.

Porque, hoy como en otros tiempos, cada uno, un poco más, un poco menos, quisiera aprovecharse del trabajo de otro. Este sentimiento no se osa exhibirlo, se disimula a sí mismo; ¿y entonces qué se hace? Se imagina un intermediario, se envía al Estado, y cada clase por turno viene a decirle: "Usted que puede tomar lealmente, honestamente, tome del público y compartiremos". ¡Ay! El Estado no tiene más que inclinarse a seguir el diabólico consejo; porque está compuesto de ministros, de funcionarios, de hombres en fin, quienes, como todos los hombres, llevan en el corazón el deseo y toman siempre con ardor la ocasión de ver agrandarse sus riquezas y su influencia. El Estado, pues, comprende de prisa el partido que puede sacar del papel que el público le ha confiado. Será el árbitro, el amo de todos los destinos: tomará mucho, luego se dejará mucho a sí mismo; multiplicará el número de sus agentes, ensanchará el círculo de sus atribuciones; terminará por adquirir proporciones aplastantes.

Pero lo que falta señalar es la asombrosa ceguera del público en todo esto. Cuando los soldados victoriosos reducen a los vencidos a esclavitud, han sido bárbaros, pero no han sido absurdos. Su meta, como la nuestra, fue vivir a expensas del otro; pero, como a nosotros, no les falló. ¿Qué debemos pensar de un pueblo donde no parece sospecharse que el pillaje recíproco no es menos pillaje porque sea recíproco, que no es menos criminal porque se ejecute legalmente y con orden, que no se ajusta para nada al bienestar público, que lo disminuye por el contrario tanto como cuesta este intermediario dispendioso que llamamos Estado?

Y a esta gran quimera la hemos colocado, para edificación del pueblo, en el frontispicio de la Constitución. He aquí las primeras palabras del preámbulo: "Francia se constituye en República para? llamar a todos los ciudadanos a un grado siempre más elevado de moralidad, de luz y de bienestar."

Así, es Francia o la abstracción quien llama a los franceses o las realidades a la moral, al bienestar, etc. ¿Hay que abundar en el sentido de esta bizarra ilusión que nos lleva a todos a esperar otra energía que la nuestra? ¿Hay que dar a entender que hay, al lado y fuera de los franceses un ser virtuoso, esclarecido, rico, que puede y debe verter sobre ellos sus beneficios? ¿Hay que suponer, y por cierto muy gratuitamente, que hay entre Francia y los franceses, entre la simple denominación abreviada, abstraída, de todas las individualidades y de estas individualidades mimas, relaciones de padre a hijo, de tutor a pupilo, de profesor a escolar? Sé bien que se dice a veces metafóricamente: La patria es una madre tierna. Pero para atrapar en flagrante delito de inanidad a la proposición constitucional, es suficiente mostrar que puede ser invertida no solo diría que sin inconveniente, sino incluso con ventaja. ¿La exactitud sufriría si el preámbulo hubiera dicho:

"Los franceses se han constituido en República para llamar a Francia a un grado siempre más elevado de moralidad, de luz y de bienestar"?.

Ahora bien, ¿cuál es el valor de un axioma en el que el sujeto y el predicado pueden cambiar de sitio sin inconveniente? Todo el mundo comprende cuando se dice: la madre amamantará al niño. Pero sería ridículo decir: el niño amamantará a la madre.

Los estadounidenses se hacían otra idea de las relaciones de los ciudadanos con el Estado cuando colocaron a la cabeza de su Constitución estas simples palabras:

"Nosotros, el pueblo de los Estados Unidos, para formar una unión más perfecta, establecer la justicia, asegurar la tranquilidad interior, proveer a la defensa común, acrecentar el bienestar general y asegurar los beneficios de la libertad a nosotros mismos y a nuestra posteridad, decretamos, etc."

Aquí el punto de creación quimérica, punto de abstracción a la que los ciudadanos piden todo. No esperan nada más que de ellos mismos y de su propia energía.

Si se me permite criticar las primeras palabras de nuestra Constitución, no hace más, como se podría creer, que una pura sutileza metafísica. Pretendo que esta personificación del Estado ha sido en el pasado y será en el provenir una fuente fecunda de calamidades y de revoluciones.

He aquí el Público de un lado, el Estado del otro, considerados como dos seres distintos, éste teniendo que entregar a aquél, aquél teniendo derecho a reclamar de éste el torrente de felicidades humanas. ¿A qué debe llegarse?

Al hecho de que el Estado no es manco ni puede serlo. Tiene dos manos, una para recibir y otra para dar, dicho de otro modo, la mano ruda y la mano dulce. La actividad de la segunda está necesariamente subordinada a la actividad de la primera.

En rigor, el Estado puede tomar y no dar. Esto se observa y se explica por la naturaleza porosa y absorbente de sus manos, que retienen siempre una parte y algunas veces la totalidad de lo que ellas tocan. Pero lo que no se ha visto jamás ni jamás se verá e incluso no se puede concebir es que el Estado dé al público más de lo que le ha tomado. Es luego muy loco que tomemos alrededor de él la humilde actitud de mendigos. Es radicalmente imposible conferir una ventaja particular a algunos individuos que constituyen la comunidad sin infligir un daño superior a la comunidad entera.

Se encuentra luego colocado, por nuestras exigencias, en un círculo vicioso manifiesto.

Si rehusa el bien que se exige de él, es acusado de impotencia, de mala voluntad, de incapacidad. Si intenta realizarlo, se reduce a golpear al pueblo con impuestos redoblados, a hacer mayor mal que bien, a atraerse, por otro lado, la desafección general.

Así, en el público hay esperanzas, en el gobierno dos promesas: muchos beneficios y no impuestos. Esperanzas y promesas que, siendo contradictorias, no se realizan jamás.

¿No es ello la causa de todas nuestras revoluciones? Porque entre el Estado, que prodiga promesas imposibles, y el público, quien ha concebido esperanzas irrealizables, se vienen a interponer dos clases de hombres: los ambiciosos y los utópicos. Su papel está totalmente trazado por la situación. Es suficiente a estos cortesanos de popularidad gritar a las orejas del pueblo: "El poder te engaña; si nosotros estuviéramos en su lugar, te colmaríamos de beneficios y te liberaríamos de impuestos".

Y el pueblo cree, y el pueblo espera, y el pueblo hace una revolución.

Tan pronto sus amigos se encargan de los asuntos, son urgidos a ejecutarlos. "Denme luego trabajo, pan, seguros, crédito, instrucción, colonias, dice el pueblo, y sin embargo, según sus promesas, libérenme de las garras del fisco".

El Estado nuevo no está más apurado que el Estado antiguo, pues, en realidad lo imposible bien se puede prometer, pero no cumplir. Busca ganar tiempo, que le hace falta para madurar sus vastos proyectos. Primero, hace algunos tímidos ensayos; por un lado, extiende un poco la instrucción primaria; por el otro, modifica un poco el impuesto de las bebidas (1830). Pero la contradicción sales siempre por delante; si quiere ser filántropo, está forzado a permanecer fiscal; si renuncia al fisco, le falta renunciar también a la filantropía.

Estas dos promesas se impiden siempre y necesariamente la una a la otra. Usar del crédito, es decir, devorar el provenir, es de hecho un medio actual de conciliarlos; se ensaya hacer un poco de bien en el presente a expensas de mucho mal en el porvenir. Pero este proceder evoca el espectro de la bancarrota a quien toma el crédito. ¿Qué hacer luego? Entonces el Estado nuevo toma su parte valientemente; reúne las fuerzas para mantenerse, sofoca la opinión, recurre a lo arbitrario, ridiculiza sus antiguas máximas, declara que se no puede administrar más que con la condición de ser impopular; en una palabra, se proclama gubernamental.

Y está aquí lo que los otros buscadores de popularidad esperan. Ellos explotan la misma ilusión, pasan por la misma vía, obtienen el mismo éxito, y van sobre todo a hundirse en el mismo abismo. Así hemos llegado a febrero. En esta época, la ilusión que ha sido objeto de este artículo había penetrado más que nunca en las ideas del pueblo con las doctrinas socialistas. Más que nunca, se esperaba que el Estado bajo la forma republicana abriera totalmente la gran fuente de beneficios y cerrara la de impuestos. "Me he equivocado a menudo, - dice el pueblo - pero me vigilaré a mí mismo para no equivocarme una vez más."

¿Qué puede hacer el gobierno provisional? ¡Ay! Lo que se hace siempre en coyunturas parecidas: prometer y ganar tiempo. No faltaba más, y para dar a sus promesas más solemnidad, las fija en sus decretos. "Aumento del bienestar, disminución del trabajo, seguridad, crédito, instrucción gratuita, colonias agrícolas, roturación y al mismo tiempo reducción del impuesto de la sal, de las bebidas, de las cartas, de la carne, todo será concedido? al venir la Asamblea Nacional".

La Asamblea Nacional ha venido, y como no se pueden realizar dos contradicciones, su tarea, su triste tarea, se ha limitado a retirar, lo más suavemente posible, uno tras otro, todos los decretos del gobierno provisional.

Sin embargo, para no volver la decepción más cruel, ha sido necesario transigir un poco. Ciertos compromisos se han mantenido, otros han recibido un muy limitado comienzo de ejecución. También la administración actual se esfuerza en imaginar nuevos impuestos.

Ahora me transporto con el pensamiento a algunos meses en el porvenir, y me pregunto, con tristeza en el alma, lo que vendrá cuando los agentes de la nueva creación vayan a nuestras campiñas a colectar los nuevos impuestos sobre las sucesiones, sobre las rentas, sobre los beneficios de la explotación agrícola. Que el Cielo desmienta mis presentimientos, pero veo allí un papel a desempeñar por los buscadores de popularidad.

Lean el último Manifiesto de los Montagnards, aquél que se ha emitido a propósito de la elección presidencial. Es un poco largo, pero, después de todo, se resume en dos palabras: El Estado debe dar mucho a los ciudadanos y tomar poco de ellos. Es siempre la misma táctica o, si se quiere, el mismo error.

"El estado debe gratuitamente instrucción y educación para todos los ciudadanos".

Debe: "Una enseñanza general y profesional apropiada hasta donde sea posible a las necesidades, a las vocaciones y a las capacidades de cada ciudadano".

Debe: "Enseñar sus deberes hacia Dios, hacia los hombres y hacia sí mismo; desarrollar sus sentimientos, sus aptitudes y sus facultades, darles en fin la ciencia de su trabajo, el entendimiento de sus intereses y el conocimiento de sus derechos".

Debe: "Poner al alcance de todos las letras y las artes, el patrimonio del pensamiento, los tesoros del espíritu, todos los disfrutes intelectuales que elevan y fortalecen el alma."

Debe: "Reparar todo siniestro, incendio, inundación, etc. (este et caetera dice más de lo que dice) sufrido por un ciudadano."

Debe: "Intervenir en las relaciones del capital con el trabajo y hacerse regulador del crédito."

Debe: "A la agricultura estímulos serios y una protección eficaz".

Debe: "Volver a comprar los ferrocarriles, los canales, las minas" y sin duda también administrarlas con esa capacidad industrial que le caracteriza.

Debe: "provocar las iniciativas generosas, estimularlas y ayudarlas con todos los recursos capaces de hacerlas triunfar. Regulador del crédito, comanditará ampliamente las asociaciones industriales y agrícolas, a fin de asegurar el éxito."

El Estado debe todo ello, sin perjuicio de los servicios a los que debe hacer frente hoy; y, por ejemplo, deberá tener siempre respecto a los extranjeros una actitud amenazante, pues dicen los signatarios del programa "ligado por esta solidaridad santa y por las precedentes de la Francia republicana, llevamos nuestros votos y nuestras esperanzas más allá de las barreras que el despotismo eleva entre las naciones: el derecho que queremos para nosotros, lo queremos para todos aquellos a los que oprime el jugo de las tiranías; queremos que nuestra gloriosa armada sea, si hace falta, la armada de la libertad".

Verán que la mano dulce del Estado, esta buena mano que da y que reparte, estará muy ocupada bajo el gobierno de Montagnard. ¿Creen Ustedes quizás que lo estará de la misma manera la mano ruda, esta mano que penetra y extrae de nuestros bolsillos?

Desengáñense. Los buscadores de popularidad no sabrán su oficio si no tienen el arte de mostrar la mano dulce ocultando la mano ruda.

Su reino será seguramente el jubileo del contribuyente. "Es lo superfluo, dicen, no lo necesario lo que el impuesto debe atacar."

¿No será un buen tiempo aquél en que, para colmarnos de beneficios, el fisco se contentará con mermar nuestro superfluo?

Esto no es todo. Los Montagnards aspiran a que "el impuesto pierda su carácter opresivo y no sea más que un acto de fraternidad".

¡Bondad del cielo! Sabía bien que está de moda meter la fraternidad en todas partes, pero no sospechaba que se la pudiera meter en el cobro del recaudador.

Llegando a los detalles, los signatarios del programa dicen:

"Queremos la abolición inmediata de los impuestos que golpean a los objetos de primera necesidad, como la sal, las bebidas, et caetera.
"La reforma del impuesto a los bienes raíces, de las concesiones, de las patentes.
"La justicia gratuita, es decir la simplificación de formas y la reducción de gastos." (Esto sin duda se refiere al timbre.)
Así, impuesto a los bienes raíces, concesiones, patentes, timbre, sal, bebidas, correos, todo eso desaparece. Estos señores han encontrado el secreto de dar una actividad ardorosa a la mano dulce del Estado paralizando su mano ruda.

Bien, pregunto al lector imparcial, ¿no es eso infantilismo, y más aún, infantilismo peligroso? ¿Cómo el pueblo no hará revolución sobre revolución una vez que decide a no detenerse hasta que haya realizado esta contradicción: "No dar nada al Estado y recibir mucho!"

¿Creen que si los Montagnards llegarán al poder no serán las víctimas de los medios que han empleado para tomarlo?

Ciudadanos, en todos los tiempos dos sistemas políticos han estado presentes y ambos pueden apoyarse en buenas razones. Según uno, el Estado debe hacer mucho, pero también debe tomar mucho. Según el otro, esa doble función se debe hacer sentir poco. Entre los dos sistemas es necesario optar. Pero en cuanto a un tercer sistema, que participe de los otros dos y que consista en exigir del Estado sin darle nada, es quimérico, absurdo, pueril, contradictorio, peligroso. Aquellos que lo ponen por delante para darse el placer de acusar a todos los gobernantes de impotencia y exponerles así a ataques, estos a Ustedes los adulan o los engañan, o al menos se engañan a ellos mismos.

En cuanto a nosotros, pensamos que el Estado no es o no debería ser otra cosa que la fuerza común instituida no para ser entre todos los ciudadanos un instrumento de opresión y de expoliación recíproca sino, por el contrario, para garantizar a cada uno lo suyo y hacer reinar la justicia y la seguridad.

Frédéric Bastiat (1801-1850)