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martes, 3 de abril de 2012

PROBLEMAS DE LA DEMOCRACIA por Hans Hermann Hoppe

Hans Hermann Hoppe: ¿Que han hecho los socialistas con la democracia?.

Imaginemos un gobierno mundial, elegido democráticamente. ¿Cuál sería el probable resultado donde todos los habitantes del planeta votan? Seguramente ganaría una coalición de China y la India y el nuevo gobierno mundial, para ser reelecto, probablemente decidiría que hay demasiada riqueza concentrada en el occidente y mucha pobreza en el resto del mundo, por lo cual es necesario instrumentar una sistemática redistribución de la riqueza.

O imagínese que en su país la votación es ampliada para incluir a los mayores de 7 años; el resultado sería una legítima preocupación de que los niños tengan igual y adecuado acceso a refrescos, hamburguesas y videos gratuitos. El sufragio universal en cada país ha logrado lo que una democracia mundial alcanzaría: una permanente tendencia a la redistribución del ingreso y de la riqueza.

La implicación es que bajo la democracia la propiedad personal se vuelve alcanzable por los demás. La mayoría tratará de enriquecerse a costa de la minoría. Esto no implica que habrá una clase rica y otra pobre y que la redistribución será uniforme, de los ricos a los pobres. Frecuentemente son los poderosos quienes logran ser subsidiados por los pobres. Por ejemplo, la educación universitaria “gratuita” no suele beneficiar a la clase trabajadora que no va a la universidad, sino a la clase media y alta que sí. Y pronto se redefine quién es “rico” y merece ser saqueado y quién es pobre y merece recibir el producto del saqueo.

Si vemos a la democracia como una maquinaria popular de redistribución y le añadimos el principio económico de que alguno siempre recibirá más de cualquier cosa que sea subsidiada, obtenemos la clave para comprender la era actual.

La redistribución reduce el incentivo del dueño o productor y aumenta el incentivo de quien no es el dueño ni productor de la cosa. El resultado de subsidiar a individuos porque son pobres es más pobreza. Si se subsidia al desempleado habrá más desempleo. Financiar a las madres solteras producirá más niños sin padre conocido y más divorcios. Prohibir el trabajo de los menores transfiere el ingreso de las familias a parejas sin hijos y se reduce la natalidad.

Subsidiar a los irresponsables, neuróticos, alcohólicos, drogadictos, enfermos de SIDA y a quienes tienen problemas físicos y mentales a través de seguros obligatorios de salud aumentará todos esos problemas. Al hacer que los demás paguen por la prisión de los delincuentes –en lugar de obligar a estos a reembolsar a sus víctimas y a pagar por su propia prisión– se incrementan los delitos. Al obligar a los dueños de tierras a subsidiar a las especies en peligro de extinción a través de legislación ambiental, los animales se benefician y la gente sale perjudicada.

Y lo más importante, al obligar a los dueños de propiedades y a los productores a subsidiar a los políticos, sus partidos y a la burocracia, habrá menos creación de riqueza, menos productividad y más parásitos.

Los empresarios y sus empleados no generan ingresos a menos que produzcan bienes y servicios que se venden en el mercado. Las compras de tales bienes y servicios son voluntarias y así los consumidores demuestran que los prefieren al dinero que cuestan. Nadie “compra” los bienes y servicios del gobierno. Son producidos, cuestan dinero, pero no se venden ni se compran en el mercado. Como nadie los compra, nadie puede demostrar si se justifica su costo. La implicación práctica de subsidiar a los políticos y funcionarios es que se trata de un subsidio a la producción en sí, sin consideración alguna del bienestar de los consumidores de tales servicios, sólo el bienestar de los “productores”, es decir, de los políticos y funcionarios. Entonces, la expansión del sector público aumenta la flojera, la incompetencia, el mal trato y el desperdicio, lo mismo que la arrogancia, la demagogia y las mentiras oficiales.

Debemos tener claro que la falta de democracia no fue lo que provocó la bancarrota del socialismo soviético. El problema no fue el método de selección de los gobernantes sino que las decisiones económicas estaban en manos de los políticos y funcionarios del régimen.

Bajo cualquier forma de gobierno, incluyendo la democracia, la clase dirigente (los políticos y funcionarios) es siempre una pequeña minoría. Y aunque cientos de parásitos pueden vivir de miles de cuerpos, miles de parásitos no pueden vivir de cientos de cuerpos.

ARTÍCULOS LIBERALES
Martes 2 Abril 2012

lunes, 16 de enero de 2012

LOS CHILENOS NO ENTIENDEN LO QUE LEEN...


Analizando el estudio internacional "Nivel lector en la era de la Información" (OECD, Statistics Canada)*

Nuestro país, por sí solo, está muy mal: más de un 80% de los chilenos entre 16 y 65 años no tiene el nivel de lectura mínimo para funcionar en el mundo de hoy. Al compararnos con los otros participantes del estudio, la situación objetivamente no podría calificarse de menos que desastrosa.

Estamos tan mal como Portugal y Polonia. Sin embargo, en los textos que requieren conocimientos matemáticos básicos para ser comprendidos, los chilenos obtenemos puntajes significativamente peores que los de los portugueses o polacos y que los de todos los demás países evaluados. 3 de cada 5 chilenos entienden con dificultad la fórmula para preparar una mamadera impresa en un tarro de leche en polvo.

La educación superior no logra mejorar esta situación. La capacidad de comprender lo que se lee de los chilenos con un título en ella es similar a la de los norteamericanos que solamente finalizaron el colegio y a la de los suecos con enseñanza media incompleta.

Tampoco nuestros ejecutivos con cargos de alto nivel y exigencia pueden enorgullecernos. Analizando las ocupaciones superiores, la sorpresa es grande. Menos del 10% de los profesionales y gerentes de nuestro país tienen un buen nivel lector y más del 50% están bajo el mínimo adecuado para funcionar en la era de la información. A la hora de leer, nuestra elite se parece a los operadores de máquinas y ensambladores de Alemania y Estados Unidos y es peor que los mismos operadores de máquinas y ensambladores de los países nórdicos. Con una fuerza laboral semejante es difícil lograr las metas de desarrollo propuestas.

Si bien las nuevas generaciones leen mejor que las anteriores, esto es atribuible a mayores grados de cobertura: hoy más gente asiste a la escuela y por más años. No es atribuible directamente a un aumento de la calidad ya que al comparar individuos de distintas generaciones con enseñanza media completa, no hay avances. Entonces, es muy posible que la calidad educacional no haya mejorado en el país durante los últimos 40 años.

Los otros países que comparten con Chile la pobreza de los niveles lectores de su población -Polonia, Hungría y Eslovenia- cuentan con una gran ventaja respecto a nosotros. Ellos están mejorando la calidad de su educación escolar: las nuevas generaciones, con igual nivel educacional que las mayores, leen mejor que éstas.

El nivel lector alcanzado por un individuo determina poderosamente su calidad de vida. Lo mismo ocurre con los países: el nivel lector de su población influye de manera decisiva en la economía y los índices de bienestar.

El grado de alfabetismo ya no contribuye a entender el desarrollo de una nación, es una medida demasiado gruesa. La pregunta fundamental hoy dejó de ser cuántas personas pueden leer en un país, transformándose en cuán bien pueden leer. La vida moderna exige una comprensión lectora más sofisticada que el mero deletreo. El movimiento mundial hacia sociedades basadas cada vez más en el conocimiento, donde el uso de computadores e Internet, la apertura a mercados globales y otros fenómenos que se extienden progresivamente, exige a sus miembros un nivel lector creciente. Y esta demanda por una mayor comprensión lectora, sin lugar a dudas, sólo tiene posibilidades de continuar aumentando en el futuro.

Los países de la OECD (Organización para el Desarrollo y Cooperación Económico)1, conscientes de este desafío de la modernidad, realizan desde hace seis años una Encuesta Internacional del Nivel Lector Adulto, evaluando la capacidad lectora de cada país y recopilando información anexa sobre variables de contexto que permiten explicar los resultados. Algunas de estas variables son nivel educacional, experiencia laboral, ocupación, nivel de ingresos, producto geográfico del país, origen de la población (nacionales o extranjeros residentes), educación de los padres, etc.

A partir de 1994 se han llevado a cabo tres estudios internacionales: "Nivel Lector, Economía y Sociedad"; "Destrezas Lectoras para la Sociedad del Conocimiento" y el último, recién publicado el 14 de junio de 2000, sobre "Nivel Lector en la Era de la Información". Este tercer estudio incluyó, por primera vez, a Chile. Los participantes son 20 países, todos miembros de la OECD, excepto Eslovenia y el nuestro. Esta evaluación partió en 1998, seleccionándose una muestra representativa de la población de cada nación entre los 16 y 65 años.

¿Qué es comprender lo que se lee?

El estudio sobre "Nivel Lector en la Era de la lnformación" evalúa la capacidad de los adultos para comprender y emplear información escrita -que se encuentra presente en actividades cotidianas del hogar, trabajo o comunidad- necesaria para alcanzar metas personales y desarrollar el potencial natural que cada cual posee.

Para ello el estudio distingue tres tipos de lectura:

* Lectura de Prosa: implica el conocimiento y habilidades necesarias para entender y usar información contenida en textos como editoriales, noticias, folletos y manuales de instrucción.

* Lectura de Documentos: implica el conocimiento y habilidades necesarias para ubicar y usar información contenida en diversos formatos como aplicaciones de trabajo, formularios de pagos, programaciones de televisión, mapas, tablas y gráficos.

* Lectura de Datos Cuantitativos: implica el conocimiento y habilidades necesarias para aplicar las operaciones aritméticas que se requieren para comprender y/o inferir información en textos impresos como, por ejemplo, calcular una propina o determinar el interés de una hipoteca aparecido en un aviso publicitario.

Dentro de cada área o tipo de lectura el estudio distingue cinco niveles:

* Nivel 1: Aquellas personas con habilidades muy pobres, incapaces, por ejemplo, de determinar, a partir de la información impresa en el envase, la dosis correcta de medicamento a ingerir de acuerdo a la edad.

* Nivel 2: Están un poco mejor que los del Nivel 1. Son aquellas personas sólo capaces de manejar material simple, claramente expuesto, en donde las tareas requeridas son poco complejas. Son los que pueden leer, pero tienen muy bajos logros. Si bien han desarrollado capacidades lectoras necesarias para manejarse en la vida cotidiana, su bajo desempeño les hace difícil enfrentar nuevas demandas, así como aprender nuevas habilidades exigidas en su trabajo.

* Nivel 3: Son aquellas personas que cuentan el mínimo adecuado, en una sociedad compleja y avanzada, para enfrentar las exigencias de la vida diaria y del trabajo. Están justo en el nivel de habilidades requeridas para completar exitosamente la educación secundaria y la entrada a la educación superior. Son capaces de integrar distintas fuentes de información y de resolver problemas más complejos.

* Niveles 4 y 5: Son aquellas personas que demuestran un dominio de habilidades de alto nivel necesarias para procesar informaci6n (Véase Ejemplo 2).

La prueba consiste en una serie de lecturas de nivel creciente de dificultad. Si el examinado no tiene éxito en un primer conjunto de ellas, su participación termina allí. Si, por el contrario, lo logra, se le presentan otros textos más complejos con el fin de determinar su techo o límite superior. Siempre se permite emplear todo el tiempo que la persona estime necesario para leer los textos.

Cada lectura bien respondida otorga un puntaje diferenciado acorde a su nivel de dificultad, variando la escala entre 0 y 500 puntos. El puntaje obtenido implica que esa persona tiene determinada probabilidad de comprender eficientemente las lecturas incluidas en ese preciso nivel de dificultad. Por ejemplo, si obtiene entre 226 a 275 puntos, quiere decir que tiene un 80% de probabilidad de comprender un texto de Nivel 2, una mayor probabilidad de comprender un texto del Nivel 1 y probabilidades decrecientes para los niveles superiores2.

¿Cómo leemos los chilenos?

Chile tiene un bajo nivel lector. Si dividimos a la población de cada país en dos grupos -el de aquellos que no alcanzan el nivel mínimo para desempeñarse en la era de la información y el de aquellos que sí lo hacen- nos encontramos con que Chile tiene más de un 80% de la población entre 16 y 65 años ubicada bajo el nivel de lectura mínimo para funcionar en el mundo de hoy (logra únicamente comprender los textos de los niveles 1 y 2) y sólo un 2% en niveles 4 y 5. Estos dos últimos niveles no son nada extraordinario, es decir para responder las preguntas referidas a ellos no es necesario haber completado educaci6n superior ni menos haber realizado un doctorado. Los que se ubican en ellos son sólo buenos lectores. Que nuestro país tenga un escuálido 2% de su población en ellos, sorprende. Se trata de una cifra muy inferior a la esperable, dada la existencia de un 13% con educación superior (universitaria o técnica) completa.

Los chilenos comprendemos mal lo que leemos, pero lo hacemos aún peor cuando tenemos que interpretar datos numéricos incluidos en los textos. Casi un 60% se encuentra en el nivel 1, lo que significa, por ejemplo, que 3 de cada 5 chilenos entienden con dificultad la fórmula para preparar una mamadera impresa en un tarro de leche en polvo.

¡Cómo leemos los chilenos en comparación con los otros países!

Este apartado en realidad podría haberse titulado "Chile, el peor de todos", pues con relación al resto de los participantes, ocupamos el último lugar en las tres áreas evaluadas. La distribución del nivel lector de nuestro país es exactamente inversa la de Suecia, que es la nación mejor evaluada (Véase Gráfico 2).

Analizando los resultados se distingue tres tipos de países:

* Los que tienen un mayor porcentaje de su población ubicada sobre el nivel lector mínimo (Suecia, Noruega, Dinamarca).

* Los que tienen un porcentaje semejante de su población ubicada sobre el nivel mínimo y bajo él (Inglaterra, Estados Unidos, Nueva Zelandia).

* Los que tienen la mayor parte de su población ubicada bajo el nivel mínimo (Portugal, Polonia y Chile).

En Chile estamos tan mal como lo están en Portugal y Polonia. Sin embargo, cuando es necesario tener conocimientos matemáticos básicos para comprender un texto, los chilenos les "ganamos" a nuestros compañeros del grupo menos aventajado, obteniendo puntajes significativamente peores que los de los portugueses o polacos y que los de todos los demás países evaluados.

Carencias educacionales

En general se observa que en los países con buena comprensión lectora existen pocas diferencias en ella entre grupos con distintos niveles educacionales (véase Gráfico 1).

Es decir, individuos con educación media incompleta comprenden lo que leen en la misma medida que aquellos que sí la finalizaron o incluso que los que tienen un título en educación superior. Esto quiere decir que la habilidad medida en esta evaluación lectora fue adquirida durante los primeros años de enseñanza escolar. 0, lo que es lo mismo, que la calidad de la educación básica en Suecia, Noruega o Dinamarca es tan buena, que basta haberla cursado para lograr un buen nivel de comprensión. Sólo haber asistido al colegio hasta los 14 años (aproximadamente octavo básico) los habilita para afrontar la gran diversidad de lecturas requeridas por la "sociedad del conocimiento". No ocurre lo mismo en otras naciones como Estados Unidos, Portugal, Eslovenia y la nuestra.

Estas evidencian grandes diferencias en el nivel lector de la población según la educación que ostentan. En ellas, si no se ha completado la educación media, se cuenta significativamente con menos habilidades de lectura que si se ha alcanzado a terminar la educación universitaria. No obstante esto, Chile no puede compararse con Estados Unidos. Los norteamericanos logran puntajes más altos que nosotros y los chilenos con un título universitario o técnico obtienen un nivel lector promedio significativamente menor que el mismo grupo en Estados Unidos.

La capacidad de comprender lo que se lee de los chilenos con un título en la educación superior es similar al promedio obtenido por los norteamericanos que solamente finalizaron el colegio y al de los suecos que tienen menos escolaridad que la enseñanza media completa. Esto es reflejo de la buena calidad de la educación básica en Suecia, pero también de que nuestra educación superior es precaria. No desarrolla un nivel lector adecuado para funcionar en la era del conocimiento, ni siquiera lo exige para graduarse en ellas. Alumnos que no alcanzan los niveles 4 y 5 obtienen un título en nuestras universidades o institutos técnicos.

El dato que entrega esta prueba de que es posible no haber terminado educación media y alcanzar un buen nivel lector nos habla de lo provechosa que puede ser la educación básica cuando es buena. Pero también de que algunas sociedades ofrecen posibilidades de continuar educándose informalmente después del colegio.

Asimismo, hay culturas que demandan un mayor nivel lector en la vida diaria que otras. Por ejemplo, para poder movilizarse en cualquier país europeo es necesario procesar mucha información escrita, tablas con distintos horarios y destinos. En síntesis, lo que se desprende es que el nivel lector alcanzado por una persona no está determinado exclusivamente por su educación, sino que también por la sociedad en la que está inserta tanto en sus ofrecimientos de oportunidades como en sus exigencias.

Una gran proporción de los nórdicos evaluados demuestran que aunque no pudieron completar la enseñanza media, leen de manera adecuada para funcionar en la era del conocimiento (véase Gráfico 2).

En cambio en Chile menos del 5% de los individuos que no terminaron la enseñanza media alcanzan estos niveles. Hay cuatro factores que permiten explicar este hecho: una educación escolar de mala calidad, una sociedad que exige poca lectura a sus miembros para poder desenvolverse en ella, pocas oportunidades de educación continua y menor nivel de escolaridad de la población.

¿Hemos mejorado o estamos estancados?

Al concentrarse en las diferencias de comprensión lectora dependiendo de la edad del evaluado, se constata que los más jóvenes tienen mejor desarrollada esta habilidad que los de más edad. Efectivamente, Chile ha mejorado su nivel lector promedio avanzando cerca de 30 puntos en una escala de 500.

Este mejoramiento es atribuible a una mayor cobertura de educación formal en la población más joven y no a una mejor calidad de esta educación. Los adultos cuentan en promedio con menos años de estudios que los más jóvenes. Si se relaciona (véase Gráfico 6) el nivel lector con la edad de los evaluados, controlando por nivel educacional, destaca que en Chile no hay diferencias significativas de puntajes entre los distintos cortes de edad.

Los chilenos con educación media completa entre 16 y 25 años, entre 26 y 35 años, entre 36 y 45 años y los entre 46 y 65 años presentan prácticamente el mismo puntaje. Esto puede implicar que la calidad de la educación básica y media chilena no ha cambiado casi nada en los últimos 40 años, por lo menos en cuanto a su capacidad de preparar a los alumnos para comprender lo que leen y realizar operaciones aritméticas básicas en la vida diaria.

Encontrarse en los últimos lugares no es alentador, pero lo es menos el no tener perspectivas de avance. No es posible incrementar nuestro nivel lector aumentando cobertura, esa tarea está mayoritariamente lograda. Sólo resta incrementar la calidad de la educación, lo cual no debiera resultar fácil si consideramos que ha estado prácticamente estancada durante los últimos 40 años.

Los otros países que comparten con Chile la pobreza de los niveles lectores de su población -Polonia, Hungría y Eslovenia- cuentan con una gran ventaja respecto a nosotros. Ellos están mejorando la calidad de su educación escolar: las nuevas generaciones, con igual nivel educacional que las mayores, leen mejor que éstas.

Leer mal no es inocuo, ni para un país ni para la vida personal

La importancia del capital humano -tanto para el desarrollo y logro de las personas como para el del país- es un hecho que se ha venido constatando desde hace mucho tiempo. El capital humano incide fundamentalmente en las oportunidades laborales que enfrentan los individuos, en las posibilidades de estar empleado, en el tipo de ocupación a la cual puede acceder e incluso en los ingresos a los cuales aspirar. La distribución de habilidades presenta una alta correlación con la distribución de ingresos. Además, el capital humano de un país es un factor esencial para su desarrollo y rapidez de su crecimiento. Entonces, dado el bajo nivel lector que presenta nuestra población, ¿Qué podemos esperar a nivel de país?

En relación al empleo, el estudio "Nivel Lector en la Era de la Información" muestra que existe una mayor participación laboral5 entre aquellos que alcanzan un mayor nivel lector. Existe una diferencia de entre 10 y 20 puntos porcentuales entre la de participación laboral de los niveles inferiores y los superiores de lectura6. Por ejemplo, en lectura cuantitativa, en Estados Unidos, la participación laboral de los que leen peor (Niveles 1 y 2) es de 73%, mientras que para los que leen mejor (Niveles 3, 4 y 5) es de 84%. En Chile, esta diferencia es mayor: 64% y 84% respectivamente.

El nivel lector también afecta las posibilidades de estar empleado o no. En Chile, entre aquellos desempleados que llevan más de un año buscando trabajo, el 91% son personas que se encuentran en los niveles más bajos de comprensión lectora (1 y 2); y entre aquellos que llevan menos de un año, cerca de un 88% se ubica en los niveles inferiores.

Si consideramos que cerca del 80% de los chilenos se ubica en los dos niveles inferiores de lectura, existe una sobre representación de éstos entre los desempleados, especialmente entre los que llevan largo tiempo en esta situación. Aquellos que no cuentan con las habilidades de lectura mínimas para funcionar en la era de la información, tienen más probabilidad de no encontrar trabajo, e incluso de no lograrlo en un período mayor de tiempo. Esto es especialmente grave si tomamos en cuenta que además estas personas ganan menores ingresos y, por ende, les es más difícil sostenerse durante un período largo de tiempo sin ingresos fijos.

En el estudio "Nivel Lector en la Era de la Información" se realizó un análisis riguroso, el que demostró que existe una fuerte relación entre la probabilidad de estar desempleado y el nivel lector que tiene una persona7. Independiente del nivel de educación, de la edad y del sexo, a menor capacidad lectora, es más probable que la persona no consiga trabajo.

Por ejemplo, para un chileno que no ha completado la educación media, y que obtiene un puntaje igual al del promedio de su grupo (Nivel l), la probabilidad de estar desempleado es de un 30%, es decir, el doble de la que tiene quien es un buen lector (Nivel 5).

No debieran extrañarnos, por consiguiente, los mayores niveles de desempleo en aquellos sectores de menores recursos, ya que son justamente ellos los que cuentan con menores habilidades y, por tanto, enfrentan una mayor probabilidad de encontrarse sin trabajo.

En la comparación internacional respecto a ocupaciones ocurre exactamente lo mismo: a medida que aumenta el puntaje promedio en la capacidad lectora, aumenta también la proporción de empleados en ocupaciones de cuello y corbata, de aquellas que supuestamente exigen habilidades lectoras sofisticadas. Mientras en Chile los empleados en esta área son menos del 20%, en Suecia alcanzan un 50% de la población. Analizando las probabilidades de estar en determinadas ocupaciones, se encuentra que cómo se lee, es tan determinante en el cargo a ocupar, como el nivel educacional, la experiencia, la capacitación o el sexo.

Como se mencionó anteriormente, el porcentaje de chilenos que comprenden bien lo que leen (Niveles 4 y 5) es inferior al 2%. Esto hace que sea esperable un menor porcentaje de la población en empleos superiores. Sin embargo, una vez que se analizan las categorías ocupacionales de mayor nivel en Chile, la sorpresa es grande. No existe allí una mayor concentración de personas con buen nivel lector (4 y 5). Menos del 10% de los profesionales y administradores de nuestro país se ubican en los buenos niveles lectores (4 y 5), mientras que más del 50% están bajo el nivel mínimo adecuado para funcionar en la era de la información (véase Cuadro l). Esta distribución es similar, por ejemplo, a la de los operadores de máquinas y ensambladores en Alemania y Estados Unidos y peor a la de los mismos operadores de máquinas y ensambladores de los países nórdicos.

En la mayoría de los países evaluados existe una proporción significativa de personas con buena lectura (Niveles 4 y 5) en todas las categorías ocupacionales. Estas personas de alto nivel lector son capaces de entender lo que leen y, por lo tanto, de aprender y buscar nuevas técnicas, o mejores, convirtiéndose en líderes de sus pares. Con lo cual se cuenta con un contingente en cada ocupación que puede, con mayor probabilidad, potenciar el desarrollo y la innovación en su área, y tomar una posición informada respecto a los conflictos que les atañen. En Chile, esta posibilidad se ve fuertemente limitada ya que en la mayoría de las ocupaciones lo que hay es un porcentaje insignificante de personas con capacidad lectora elevada.

Con una fuerza laboral de bajo nivel de capacidad lectora, incluso en las categorías de mayores exigencias, es difícil que logremos las metas de desarrollo que nos hemos propuesto.

¿Leer mejor significa ganar más?

En cuanto ingresos, si analizamos al 60% de mayores ingresos, tanto en Chile como en el resto de los países evaluados, vemos que hay un mayor porcentaje de representantes de los niveles 4 y 5. En nuestro país un 72% de quienes leen mejor (Niveles 4 y 5) se ubica en el grupo de mayores ingresos, un 60% del nivel 3 y cerca del 25% de los del nivel 1 (véase Gráfico 3).

En Chile más de un 50% de las diferencias en ingresos son explicables por diferencias en el nivel educacional, la capacidad lectora, la educación de los padres y el sexo. De todos estos factores, el nivel educacional sigue siendo uno de los más importantes, pero no cabe duda que la capacidad lectora tiene una influencia significativa en cuánto se gana.

Efectos del nivel lector en la distribución del ingreso y el producto interno del país

Es interesante profundizar en la relación entre nivel de ingresos y porcentaje de la población en los distintos niveles lectores. A menor proporción de personas en los niveles lectores bajos, mayor es el PIB per cápita. A su vez, a mayor porcentaje de la población en los niveles superiores, mayor es el ingreso per cápita. Por una parte, se podría pensar que aquellos países de mayores ingresos podrían destinar más recursos a la educaci6n y desarrollo de las capacidades lectoras de la población, pero, por otro lado, un país con una fuerza laboral mejor capacitada puede lograr mayores tasas de crecimiento y de productividad.

Sin embargo, existen varios países de un PIB per cápita menor al nuestro, pero que cuentan con una población mucho más calificada. Un ejemplo es la República Checa, cuyo PIB per cápita es muy cercano al nuestro, pero que cuenta con un 46% de su población en los niveles 3, 4 y 5, a diferencia de Chile en donde sólo se ubica un 15%. Otro ejemplo es Hungría, que con un gasto en educación menor al nuestro y un PIB per cápita también menor, presenta indicadores similares, aunque levemente mejores, que nosotros.
El nivel lector incide en las oportunidades de empleo y de ingreso. Las personas de baja comprensión lectora tienen mayor probabilidad de convertirse o mantenerse desempleados, y si están empleados, de estarlo en ocupaciones de menor jerarquía y percibiendo menores ingresos. En otras palabras, a mayor desigualdad en la distribución de destrezas, en este caso de capacidad lectora, mayor desigualdad en la distribución de ingresos. Al observar la correlación entre el índice de Gini8 (una medida de desigualdad de los ingresos) y una medida de desigualdad en la distribución de habilidades lectoras (la razón entre el puntaje del noveno decil y del primer decil), vemos que (véase Gráfico 4) a mayor desigualdad en la distribución de capacidad lectora, mayor desigualdad en los ingresos.

Por una parte, se puede atribuir parte de la desigualdad de ingresos a la desigualdad de destrezas. Sin embargo, se debe tener cuidado, ya que, a su vez, la mayor desigualdad en habilidades puede deberse a la mayor desigualdad de ingresos, la que genera a su vez una mayor desigualdad en la inversión en educación.

Sin embargo, sin importar el origen de la desigualdad en capacidad lectora, se sabe que ésta se explica básicamente por la educación recibida. Por lo tanto, una medida que contribuiría eficazmente a reducir la desigualdad en los ingresos es la de reforzar la educación.

No podemos sentarnos a llorar sobre estos resultados, hay un desafío a abordar con decisión.

Autores: Bárbara Eyzaguirre,Carmen Le Foulon y Ximena Hinzpeter K.**.

* OECD, Statistics Canada. Literacy in the information Age: Final report of the international Adult Literacy Survey. Organization for Co-Operation and Development, Statistics Canada. Canada 2000.

** Investigadores del Centro de Estudios Públicos

*** En esta organización participan los principales países desarrollados del mundo. Entre ellos Estados Unidos, Reino Unido, Canadá, Suecia, Suiza.

**** El coeficiente de Gini es una medida de desigualdad en la distribución del ingreso que va en un rango entre 0 y 1. A mayor valor de este coeficiente, mayor es la desigualdad.

Fuente: Revista Creces, Abril 2001

sábado, 31 de diciembre de 2011

¿ESTÁ GOOGLE VOLVIÉNDONOS MÁS ESTÚPIDOS?. Por Nicholas Carr


“¡Dave, no, por favor no, no hagas eso! ¡Para, Dave, por favor, no hagas eso!”, son las últimas palabras suplicantes que el supercomputador HAL le dirige al implacable astronauta Dave Bowman en aquella famosa, extraña y conmovedora escena hacia el final de la película 2001: Odisea del espacio, de Stanley Kubrick. Bowman (que acaba de escapar por un pelo de una muerte casi segura en el espacio profundo por culpa del computador defectuoso) con toda la tranquilidad y frialdad del mundo desconecta los circuitos de la memoria que controlan el cerebro artificial del aparato. “Dave, se me va la mente…, se me va”, dice HAL. “Siento que la mente se me va…”.

NIcholas Carr: ¿Nos estamos volviendo más estúpidos con Google?
Yo también. Durante los últimos años he tenido la incómoda sensación de que alguien (o algo) ha estado cacharreando con mi cerebro, rehaciendo la cartografía de mis circuitos neuronales, reprogramando mi memoria. No es que ya no pueda pensar (por lo menos hasta donde me doy cuenta), pero algo está cambiando. Ya no pienso como antes. Lo siento de manera muy acentuada cuando leo. Sumirme en un libro o un artículo largo solía ser una cosa fácil. La mera narrativa o los giros de los acontecimientos cautivaban mi mente y pasaba horas paseando por largos pasajes de prosa. Sin embargo, eso ya no me ocurre. Resulta que ahora, por el contrario, mi concentración se pierde tras leer apenas dos o tres páginas. Me pongo inquieto, pierdo el hilo, comienzo a buscar otra cosa que hacer. Es como si tuviera que forzar mi mente divagadora a volver sobre el texto. En dos palabras, la lectura profunda, que solía ser fácil, se ha vuelto una lucha.

Y creo saber qué es lo que está ocurriendo. A estas alturas, llevo ya más de una década pasando mucho tiempo en línea, haciendo búsquedas y navegando, incluso, algunas veces, agregando material a las enormes bases de datos de internet. Como escritor, la red me ha caído del cielo. El trabajo de investigación, que antes me tomaba dias inmerso en las secciones de publicaciones periódicas de las bibliotecas, ahora se puede hacer en cuestión de minutos. Un par de búsquedas en Google, un par de clics sobre los enlaces, y ya dispongo del hecho revelador o de la cita exacta que necesitaba. Incluso cuando no estoy trabajando, lo más probable es que esté explorando entre los matorrales de información de la red, leyendo y contestando correos electrónicos, escaneando titulares y blogs, mirando videos y oyendo podcasts, o simplemente saltando de enlace en enlace. (A diferencia de las notas de pie de página, a las que a veces se les compara, los hiperenlaces no se limitan a sugerir obras pertinentes; nos catapultan sobre ellas.)

Para mí, como para muchos otros, la red se está convirtiendo en un medio universal, en el canal a través del cual me llega la mayor parte de la información visual y auditiva que se asienta en mi mente. Las ventajas de un acceso tan instantáneo a esa increíble y rica reserva de información son muchísimas, y ya han sido debidamente descritas y aplaudidas. “Tener una memoria artificial perfecta”, señaló Clive Thompson en la revista en línea Wired, “puede llegar a ser de gran utilidad en el proceso del pensamiento”. Pero tal ayuda tiene su precio. Como subrayó en la década del 60 el teórico de los medios de comunicación Marshall McLuhan, los medios no son meros canales pasivos por donde fluye información. Cierto, se encargan de suministrar los insumos del pensamiento, pero también configuran el proceso de pensamiento. Y lo que la red parece estar haciendo, por lo menos en mi caso, es socavar poco a poco mi capacidad de concentración y contemplación. Mi mente ahora espera asimilar información de la misma manera como la red la distribuye: en un vertiginoso flujo de partículas. Alguna vez fui buzo y me sumergía en océanos de palabras. Hoy en día sobrevuelo a ras sus aguas como en una moto acuática.

Y no soy el único. Cuando comparto mis problemas con la lectura entre amigos y conocidos, casi todos con inclinaciones literarias, muchos confiesan que les pasa lo mismo. Mientras más usan la red, más trabajo les cuesta permanecer concentrados cuando se trata de textos largos. Algunos de los bloggers que leo con regularidad también han empezado a mencionar el fenómeno. Scott Karp, quien escribe un blog sobre periodismo en línea confesó hace poco haber abandonado del todo la lectura de libros. “En la universidad me gradué en literatura y solía ser un lector voraz de libros”, escribe. “¿Qué ocurrió”? , se pregunta, y aventura una respuesta: “¿Qué tal que hoy en día todas mis lecturas las haga en la red no tanto porque haya cambiado mi manera de leer, es decir, por comodidad y conveniencia, sino porque cambió mi manera de pensar?”.

Bruce Friedman escribe con regularidad un blog sobre el uso de computadores en medicina y también ha señalado cómo internet ha afectado sus hábitos mentales. “He perdido casi completamente la capacidad de leer y asimilar un texto largo en la red o incluso impreso”, escribió hace unos meses. Docente de patología de vieja data en la Escuela de Medicina de la Universidad de Michigan, Friedman se extendió un poco más en una conversación telefónica que sostuvo conmigo. Su manera de pensar, dijo, ha adquirido una cualidad entrecortada, como de staccato, que a su vez es reflejo de la manera como escanea apartes cortos de texto de muchísimas fuentes en línea. “Ya no sería capaz de leer Guerra y paz”, admitió. “Perdí la capacidad para hacerlo. Es más, tengo dificultades a la hora de absorber un blog de más de tres o cuatro párrafos. Empiezo a leerlo en diagonal”.

Sin embargo, un par de anécdotas no prueban nada. Podemos seguir esperando los experimentos neurológicos y psicológicos que nos den un panorama más claro y definitivo sobre cómo el uso de la internet afecta la cognición. Con todo, un trabajo publicado sobre los hábitos investigativos en línea, realizado por académicos de University College de Londres, sugiere que bien podemos encontrarnos en medio de un mar de cambios en lo que concierne a la manera como leemos y pensamos. Como parte de un programa de investigación de cinco años, los académicos analizaron el comportamiento en línea de los visitantes de dos muy conocidos portales investigativos: uno, operado por la British Library, el otro, por un consorcio pedagógico del Reino Unido, portales que ofrecen acceso a artículos de publicaciones periódicas, libros electrónicos y otras fuentes de información textual. Encontraron que la gente que utilizaba los portales evidenciaba “una actividad similar a la que ocurre cuando se lee por encima…”, saltando de una fuente a otra y rara vez volviendo sobre una de las fuentes ya consultadas. Por lo general, los usuarios no leían más de una o dos páginas de un artículo o un libro antes de brincar a otra página. Algunas veces seleccionaban y descargaban un artículo largo, pero no se puede saber si volvieron sobre el texto y en efecto lo leyeron. Los autores de la investigación informan:

“Es evidente que los usuarios, cuando leen en línea, no lo están haciendo en el sentido tradicional del término; es más, hay indicios de que nuevas formas de ‘lectura’ están surgiendo en la misma medida que los usuarios examinan horizontalmente, a golpes de vista, títulos, tablas de contenido y resúmenes, en busca de resultados rápidos. Casi pareciera que entran en línea para evitar leer en el sentido convencional de la palabra”.

Gracias a la omnipresencia del texto en internet, por no hablar de la popularidad de los mensajes escritos en los teléfonos celulares, es probable que hoy estemos leyendo cuantitativamente más de lo que leíamos en las décadas del 70 y 80 del siglo pasado, cuando la televisión era nuestro medio predilecto. Pero, sea lo que sea, se trata de otra forma de leer, y detrás subyace otra forma de pensar… Quizás incluso, una nueva manera de ser. “No sólo somos lo que leemos”, dice Maryanne Wolf, psicóloga del desarrollo en la Universidad de Tufts y autora de Proust and the Squid: The Story and Science of the Reading Brain [Proust y el calamar: Historia y ciencia del cerebro lector]. A Wolf le preocupa que el tipo de lectura que promueve la red, un modo de leer que da prioridad a la eficacia y la inmediatez sobre cualquier otra cosa, bien puede estar debilitando nuestra capacidad para ese otro tipo de lectura en profundidad que surgió cuando una tecnología remota, la imprenta, logró convertir largas y complejas obras escritas en prosa en objetos comunes. Cuando leemos en línea, dice, tendemos a convertirnos en “meros decodificadores de información”. Nuestra capacidad para interpretar un texto, para ejecutar las conexiones mentales que se constituyen cuando leemos en profundidad y sin distracciones, cuando leemos en línea, repito, se desconecta en buena parte.

Leer, dice Wolf, no es una habilidad innata en el ser humano. No está grabada en nuestros genes como sí lo está la facultad del habla. Tenemos que enseñarle a nuestra mente a traducir los caracteres simbólicos que ven nuestros ojos a un lenguaje que podemos entender. Y los medios y otras tecnologías que usamos para aprender y practicar el arte de leer juegan un papel importante en la configuración de los circuitos neuronales de nuestros cerebros. Varios experimentos han demostrado que quienes leen ideogramas, como los chinos, desarrollan sistemas de circuitos mentales para leer muy distintos a los que se encuentran entre quienes, como nosotros, tenemos un lenguaje escrito que recurre a un alfabeto. Y tales variantes se extienden a lo largo y ancho de muchas regiones del cerebro, incluyendo aquellas que gobiernan funciones cognitivas tan esenciales como la memoria y la interpretación de estímulos visuales y auditivos. Cabe esperar, por tanto, que los circuitos que se tejen al usar la red serán distintos de aquellos que se entretejen al leer libros y otros trabajos impresos.

Cerebros como computadores

El cerebro humano es casi infinitamente maleable. La gente solía pensar que nuestro tejido mental, esa compacta red de conexiones conformadas por cerca de 100.000 millones de neuronas dentro de nuestro cráneo, estaba ya en buena medida consolidada y fija para cuando alcanzáramos la edad adulta. Sin embargo, estudiosos del cerebro han encontrado que ese no es el caso. James Olds, profesor de Neurociencia y director del Instituto Krasnow para Ciencias avanzadas en George Mason University, dice que incluso la mente adulta es “muy plástica”. “El cerebro —según Olds— tiene la capacidad de reprogramarse por sí mismo al vuelo, y alterar por tanto su manera de funcionar”.

Cuando recurrimos a lo que el sociólogo Daniel Bell llama nuestras “tecnologías intelectuales”, es decir, aquellas herramientas que amplían nuestras habilidades mentales antes que las físicas, de manera ineludible empezamos a adoptar las cualidades de tales tecnologías. El reloj mecánico, que entró a ser de uso común durante el siglo XIV, constituye un ejemplo contundente. En su libroTechnics and Civilization [Técnicas y civilización], el historiador y crítico Lewis Mumford describe cómo el reloj “disoció o desvinculó el tiempo del acaecer humano y contribuyó a generar la creencia en un mundo independiente de secuencias matemáticamente mensurables”. Así, el “marco general abstracto de un tiempo dividido” se convirtió en “el punto de referencia tanto para la acción como para el pensamiento”.

El tic-tac metódico del reloj contribuyó al surgimiento de la mente y el hombre científico. Pero también nos despojó de algo. Como observó el fallecido científico en informática del MIT, Joseph Weizenbaum, en su libro de 1976, Computer Power and Human Reason: From Judgment to Calculation [El poder del computador y la razón humana: del juicio al cálculo], la concepción del mundo que surgió a partir del uso extendido de instrumentos que miden el tiempo, “sigue siendo una versión empobrecida de la concepción más antigua, ya que descansa sobre la negación de todas aquellas experiencias directas que eran la base, la esencia misma de la vieja realidad”. Al optar por decidir a qué hora comer, trabajar, dormir y levantarnos, dejamos de escuchar a nuestro cuerpo y empezamos a obedecer al reloj.

El proceso de adaptación a las nuevas tecnologías intelectuales se refleja en las cambiantes metáforas a las que recurrimos para explicarnos a nosotros mismos. Con la llegada del reloj mecánico, la gente empezó a pensar que sus cerebros funcionaban “como un reloj”. Hoy, en la edad del software, hemos empezado a pensar en el cerebro como un aparato que funciona “como un computador”. Pero los cambios, nos advierte la neurociencia, van mucho más allá de la mera metáfora. Gracias precisamente a la plasticidad de nuestro cerebro, la adaptación también ocurre a nivel biológico.

Internet promete llegar a tener efectos de largo alcance sobre la cognición. En un ensayo publicado en 1936, el matemático británico Alan Turing comprobó que un computador digital, que por entonces sólo existía como máquina teórica, podría programarse de manera que cumpliera las funciones de cualquier artefacto capaz de procesar información. Y eso es lo que estamos viendo hoy. Internet, un sistema informático muy poderoso, está subyugando la mayoría de todas nuestras otras tecnologías intelectuales. Se está convirtiendo en nuestro mapa y reloj, nuestra imprenta y máquina de escribir, nuestra calculadora y nuestro teléfono, nuestra radio y televisión.

Cuando la red absorbe un medio, dicho medio se recrea a imagen y semejanza de la red. Inyecta el contenido del medio a través de hipervínculos, anuncios parpadeantes y otras baratijas digitales, rodeando así el contenido con el contenido de todos los otros medios que ha absorbido. Un nuevo correo electrónico, por ejemplo, puede anunciar su llegada mientras ojeamos los últimos titulares en el portal de un diario. Y el resultado es que dispersa nuestra atención y disipa nuestra concentración.

Y la influencia de la red no termina en los márgenes de la pantalla, tampoco. Al tiempo que nuestras mentes se ponen en sintonía con la enloquecedora colcha de retazos que es internet, los medios tradicionales se ven obligados a adaptarse a las nuevas expectativas de la audiencia. Los programas de televisión agregan textos y anuncios móviles, y revistas y periódicos reducen la longitud de sus artículos, introducen resúmenes encapsulados y atiborran sus páginas con trocitos fragmentarios de información fáciles de ojear a la ligera. Cuando, en marzo de este año, The New York Times optó por dedicar la segunda y tercera páginas de todas sus ediciones diarias a resúmenes de artículos interiores, su director de diseño, Tom Bodkin, explicó que dichos “atajos” le brindaban al lector agobiado por la prisa una “degustación” rápida de las noticias del día, evitándole así el “menos eficaz” método de en efecto pasar unas cuantas páginas y leer los artículos enteros. Los viejos medios no tienen más remedio que jugar siguiendo las reglas de los nuevos medios.

Nunca antes un sistema de comunicación ha desempeñado tantos papeles en nuestra vida —o influido tanto en nuestra manera de pensar— como lo hace hoy por hoy internet. Con todo, y a pesar de lo mucho que se ha escrito sobre la red, muy poco se ha ponderado el asunto de cómo nos está reprogramando. La ética intelectual de la red es poco clara. (…)

¿Inteligencia artificial?

Las oficinas centrales de Google, en Mountain View, California —el Googleplex— es la catedral de internet, y la religión que practican tras sus muros, el taylorismo (Taylor en su célebre tratado de 1911, The Principles of Scientific Management [Los principios de la administración científica], quería identificar y adoptar, para cada tarea, el “mejor y único método” de trabajo para maximizar la eficiencia y velocidad de cada operación manual de un obrero en la fábrica”). Google, dice su presidente ejecutivo, Eric Schmidt, es “una compañía fundada en torno a la ciencia de la medición”, y pretende llegar a “sistematizar todo” lo que hace. A partir de los terabits (mil millones de bits) de información conductual que recoge a través de su buscador y otros portales, realiza miles de experimentos diarios, según el Harvard Business Review, y utiliza los resultados para pulir los algoritmos que cada vez controlan más la manera como la gente encuentra información y extrae o le da sentido a la misma. Lo que Taylor hizo para el trabajo manual, Google lo está haciendo para el trabajo de la mente.

La compañía ha declarado que su misión es “organizar toda la información del mundo y hacerla universalmente accesible y útil”. Pretende desarrollar “el buscador perfecto”, el cual define como una cosa capaz de “entender de manera exacta qué queremos decir y darnos de vuelta exactamente lo que queremos”. Para Google, la información es una especie de materia prima, un recurso utilitarista que puede explotarse y procesarse con eficacia industrial. A mayor número de fragmentos de información a los que podamos acceder y a la mayor rapidez con la que podamos extraer su esencia, más productivos seremos en tanto pensadores.

¿Y dónde termina todo esto? Sergey Brin y Larry Page, los talentosos jóvenes que fundaron Google mientras terminaban sus doctorados en ciencias informáticas en Stanford, hablan con frecuencia de su deseo de convertir su buscador en una inteligencia artificial, una especie de máquina a lo HAL, que pueda conectarse a nuestro cerebro. “El buscador último, supremo, el no va más de los buscadores, sería algo como la gente inteligente… o quizá más inteligente”, dijo Page en una alocución hace un par de años. “Para nosotros, trabajar en la búsqueda es una manera de trabajar en la inteligencia artificial”. En una entrevista en 2004 para Newsweek, Brin dijo: “Con seguridad que si tuviéramos toda la información del mundo directamente conectada a nuestro cerebro o a un cerebro artificial más inteligente que el nuestro, estaríamos mejor”. El año pasado, Page dijo en un congreso de científicos que Google “está intentando construir una inteligencia artificial y hacerlo a gran escala”.

Tal ambición es natural, incluso admirable, para un par de matemáticos prodigio con mucho dinero a su disposición y un pequeño ejército de informáticos como empleados. Google, un empeño esencialmente científico, está sobre todo motivado por el deseo de utilizar la tecnología, en palabras de Eric Schmidt, “para resolver problemas que nunca antes han sido resueltos” y la inteligencia artificial es ciertamente el más difícil de los problemas que quedan por resolver en ese campo. ¿Por qué demonios no querrían Brin y Page ser quienes lo descifren?

Con todo, su suposición más bien facilista de que “todos estaríamos mejor” si nuestro cerebro tuviera un complemento, o incluso si fuera reemplazado del todo por una inteligencia artificial, resulta inquietante. Sugiere (o propone), algo como creer que la inteligencia es el producto de un proceso mecánico, una serie de pasos discretos que pueden ser aislados, medidos y optimizados. En el mundo de Google, el mundo al que accedemos cuando entramos en línea, hay poco espacio para la opacidad de la contemplación. Allí, la ambigüedad no constituye un umbral para el conocimiento y la intuición sino que se convierte en un virus que debe ser remediado. El cerebro humano no es más que un computador obsoleto que necesita un procesador más rápido y un disco duro más grande.

La idea de que nuestra mente debiera operar como una máquina-procesadora-de-datos-de-alta-velocidad no solo está incorporada al funcionamiento de internet, sino que al mismo tiempo se trata del modelo empresarial imperante de la red. A mayor velocidad con la que navegamos en la red, a mayor número de enlaces sobre los que hacemos clic y el número de páginas que visitamos, mayores las oportunidades que Google y otras compañías tienen para recoger información sobre nosotros y nutrirnos con anuncios publicitarios. La mayoría de los propietarios de internet comercial tienen suficientes intereses económicos en juego como para tomarse la molestia de recoger las migas de datos que vamos dejando como un rastro al tiempo que saltamos de enlace en enlace: mientras más migas, mejor. Lo último que estas empresas quisieran es alentarnos a leer a gusto y a nuestras anchas o invitarnos a lenta y concienzuda reflexión. Para bien de sus intereses económicos, les conviene distraernos a como dé lugar.

Quizá soy un exagerado: después de todo, así como se da la tendencia a glorificar a ultranza el progreso tecnológico, también se da la contra-tendencia a esperar lo peor de cada nueva herramienta o máquina. En el Fedro, de Platón, Sócrates lamenta el desarrollo de la escritura. Temía que, a medida que la gente empezara a confiar y depender de la palabra escrita como sustituto del conocimiento que solía tener en su cabeza, así mismo, en palabras de uno de los personajes del diálogo, “dejarían de ejercitar la memoria y pronto se tornarían olvidadizos”. Y debido a que, por lo tanto, estarían en capacidad de “recibir una buena cantidad de información sin la debida instrucción”, los susodichos “se considerarían muy entendidos siendo en el fondo ignorantes”. Es decir, “serían seres llenos de presunción de sabiduría en vez de seres poseedores de sabiduría auténtica”. Sócrates no estaba equivocado: la nueva tecnología sí tuvo a menudo los efectos que él temía. Pero fue un poco miope: no pudo anticipar las muchas maneras en las que la escritura y la lectura contribuirían a la divulgación de información, a propagar nuevas ideas y a extender el conocimiento humano (si bien no necesariamente la sabiduría).

La llegada de la imprenta de Gutenberg en el siglo XV, desató otra ronda de pánico. Al humanista italiano Hieronimo Squarciafico le preocupaba que el fácil acceso a los libros condujese a la pereza intelectual e hiciese que los hombres “estudiasen menos” debilitando así sus facultades mentales. Otros alegaban que los libros y pasquines impresos y baratos minarían la autoridad religiosa, mancillarían el trabajo de estudiosos y escribas, y propagarían la sedición y el libertinaje. Una vez más, como señala el profesor Clay Shirky de la Universidad de Nueva York, “la mayoría de los argumentos en contra de la imprenta fueron acertados, incluso clarividentes”. Pero, una vez más, también, los profetas del juicio final no fueron capaces de ver ni imaginar la miríada de bendiciones que la palabra impresa iba a repartir y suministrar.

De manera que sí, más vale mostrarse escéptico con mi escepticismo. Quizá quienes hoy desestiman a los críticos de internet como nostálgicos, terminen por tener la razón y así, a partir de nuestras hiperactivas mentes saturadas de datos, tal vez surja una nueva edad dorada de descubrimiento intelectual y sabiduría universal. Con todo, repito una vez más, la red no es el alfabeto y, aunque quizá reemplace a la imprenta, igual produce algo completamente distinto. El tipo de lectura en profundidad que se promueve mediante una secuencia de páginas impresas es valiosa no solo por el conocimiento que adquirimos de las palabras del autor sino por las vibraciones y resonancias intelectuales que tales palabras desencadenan dentro de nuestra mente. En los silenciosos espacios que la sostenida y concentrada lectura de un libro (o cualquier otra forma de contemplación, para el caso) abre, posibilita, allí hacemos nuestras personales asociaciones, sacamos nuestras propias conclusiones, hacemos nuestras propias analogías, promovemos nuestras propias ideas. La lectura profunda, como alega Maryanne Wolf, no se puede distinguir del pensamiento profundo.

Si perdemos esos espacios de silencio y sosiego o si los llenamos de “contenido”, estaremos sacrificando algo muy importante no solo para nosotros mismos sino para nuestra cultura. En un ensayo reciente, el dramaturgo Richard Foreman señala con elocuencia lo que está en juego: “Vengo de una tradición de la cultura occidental en la que el ideal (mi ideal) era la compleja, compacta y catedralicia estructura de una personalidad muy culta y bien articulada: un hombre o una mujer que cargaba dentro de sí una versión única y personalmente elaborada de todo el patrimonio cultural de Occidente. Pero ahora veo dentro de todos nosotros (yo incluido) la sustitución de dicha compleja densidad interior por una nueva forma de ser uno mismo, que evoluciona bajo la presión de una sobrecarga de información y de la tecnología de lo “instantáneamente asequible”.

A medida que nos vaciamos de nuestro “compacto repertorio interior de herencia cultural”, concluye Foreman, corremos el riesgo de convertirnos en “‘gente plana y achatada como pancakes gracias a nuestro esfuerzo por conectar más y más con aquella vasta red de información a la que accedemos apenas tocando un botón”.

Aquella escena de 2001 no me abandona, me ronda. Y lo que la hace tan conmovedora y tan extraña es la emotiva reacción del computador ante el desmantelamiento de su mente, su entendimiento: su desesperación a medida que circuito tras circuito va cayendo en la oscuridad, su desconsolada súplica infantil al astronauta: “Lo estoy sintiendo. Tengo miedo” y su final regresión a lo que no podemos menos que llamar un estado de inocencia. La profusa e intensa emanación de emociones de HAL contrasta con la fría insensibilidad que caracteriza a los personajes humanos de la película, quienes cumplen con sus asuntos casi se diría que con robótica eficiencia. Sus pensamientos y actos parecen preparados de antemano, como si siguieran los pasos de un algoritmo. En el universo de 2001, la gente se ha hecho tan parecida a las máquinas, que el personaje más humano termina siendo una máquina. He ahí la esencia de la oscura profecía de Kubrick: en tanto empezamos a depender de los computadores para entender el mundo, es nuestra propia inteligencia la que se achata convirtiéndose en inteligencia artificial.

Copyright 2008 The Atlantic Monthly Group. Distribuido por Tribune Media Services.

Traducción: Juan Manuel Pombo

SOBRE EL ESTUDIAR Y EL ESTUDIANTE. Por José Ortega y Gasset


I: La imposición del estudiar

Espero que durante este curso entiendan ustedes perfectamente la primera frase que después de esta inicial voy a pronunciar. La frase es ésta: vamos a estudiar Metafísica, y eso que vamos a hacer es, por lo pronto, una falsedad. La cosa es, a primera vista, estupefaciente, pero el estupor que produzca no quita a la frase la dosis que tenga de verdad.

Ortega y Gasset: estudiar es contradictorio y falso
En esa frase -nótenlo ustedes- no se dice que la Metafísica sea una falsedad; ésta se atribuye no a la Metafísica, sino a que nos pongamos a estudiarla. No se trata, pues, de la falsedad de uno o muchos pensamientos nuestros, sino de la falsedad de un nuestro hacer -de lo que ahora vamos a hacer: estudiar una disciplina. Porque lo afirmado por mí vale no sólo para la Metafísica, si bien vale eminentemente para ella. Según esto, en general, estudiar seria una falsedad.

No parece que frase tal y tesis semejante sean las más oportunas para ser dichas por un profesor a sus discípulos, sobre todo al comienzo de un curso. Se dirá que equivalen a recomendar la ausencia, la fuga, que se vayan, que no vuelvan. Eso ya lo veremos: veremos si ustedes se van, si no vuelven porque yo he comenzado enunciando tamaña enormidad pedagógica.

Tal vez acontezca lo contrario -que esa inaudita afirmación les interese. Entre que pasa lo uno o lo otro -que ustedes resuelvan irse o resuelvan quedarse-, yo voy a aclarar su significado.

No he dicho que estudiar sea sólo una falsedad; es posible que contenga facetas, lados, ingredientes que no sean falsos, pero me basta con que alguna de las facetas, lados o ingredientes constitutivos del estudiar sea falso para que mi enunciado posea su verdad. Ahora bien: esto último me parece indiscutible. Por una sencilla razón.

Las disciplinas, sea la Metafísica o la Geometría, existen, están ahí porque unos hombres las crearon merced a un rudo esfuerzo, y si emplearon éste fue porque necesitaban aquellas disciplinas, porque las habían menester. Las verdades que ellas contengan fueron encontradas originariamente por un hombre y luego repensadas o reencontradas por otros que acumularon su esfuerzo al del primero. Pero si las encontraron es que las buscaron, y si las buscaron es que las habían menester, que no podían, por unos u otros motivos, prescindir de ellas. Y si no las hubieran encontrado habrían considerado fracasadas sus vidas. Si, viceversa, encontraron lo que buscaban, es evidente que eso que encontraron se adecuaba a la necesidad que sentían.

Esto, que es perogrullesco, es, sin embargo, muy importante. Decimos que hemos encontrado una verdad cuando hemos hallado un cierto pensamiento que satisface una necesidad intelectual previamente sentida por nosotros. Si no nos sentimos menesterosos de ese pensamiento, éste no será para nosotros una verdad. Verdad es, por lo tanto a aquello que aquieta una inquietud de nuestra inteligencia. Sin esta inquietud no cabe aquél aquietamiento. Parejamente decimos que hemos encontrado la llave cuando hemos hallado un preciso objeto que nos sirve para abrir un armario, cuya apertura nos es menester. La precisa busca se calma en el preciso hallazgo: éste es función de aquélla.

Generalizando la expresión, tendremos que una verdad no existe propiamente sino para quien la ha menester; que una ciencia no es tal ciencia sino para quien la busca afanoso; en fin, que la Metafísica no es Metafísica sino para quien la necesita.

Para quien no la necesita, para quien no la busca, la Metafísica es una serie de palabras, o si se quiere de ideas, que aunque se crea haberlas entendido una a una, carecen, en definitiva, de sentido, esto es: que para entender verdaderamente algo, y sobre todo la Metafísica, no hace falta tener eso que se llama talento ni poseer grandes sabidurías previas -lo que, en cambio, hace falta es una condición elemental, pero fundamental: lo que hace falta es necesitarlo.

Mas hay formas diversas de necesidad, de menesterosidad. Si alguien me obliga inexorablemente a hacer algo, yo lo haré necesariamente, y, sin embargo, la necesidad de este hacer mío no es mía, no ha surgido en mí, sino que me es impuesta desde fuera. Yo siento, por ejemplo, la necesidad de pasear, y esta necesidad es mía, brota en mí -lo cual no quiere decir que sea un capricho ni un gusto, no; a fuer de necesidad, tiene un carácter de imposición y no se origina en mi albedrío, pero me es impuesta desde dentro de mi ser; la siento, en efecto, como necesidad mía.

Mas cuando al salir yo de paseo el guardia de la circulación me obliga a seguir una cierta ruta, me encuentro con otra necesidad, pero que ya no es mía, sino que me viene impuesta del exterior, y ante ello lo más que puedo hacer es convencerme por reflexión de sus ventajas, y en vista de ello aceptarla.

Pero aceptar una necesidad, reconocerla, no es sentirla, sentirla inmediatamente como tal necesidad mía –es más bien una necesidad de las cosas, que de ellas me llega, forastera, extraña a mí. La llamaremos necesidad mediata frente a la inmediata, a la que siento, en, efecto, como tal necesidad, nacida en mí, con sus raíces en mí, indígena, autóctona, auténtica.

Hay una expresión de San Francisco de Asís donde ambas. formas de necesidad aparecen sutilmente, contrapuestas. San Francisco solía decir: “Yo necesito poco, y ese poco lo necesito muy poco”. En la primera parte de la frase, San Francisco alude a las necesidades exteriores o mediatas; en la segunda, a las íntimas, auténticas e inmediatas.

San Francisco necesitaba, como todo viviente, comer para vivir, pero en él esta necesidad exterior era muy escasa -esto es, materialmente necesitaba comer poco para vivir. Pero además, su actitud íntima era que no sentía gran necesidad de vivir, que sentía muy poco apego efectivo a la vida y, en consecuencia, sentía muy poca. necesidad íntima de la externa necesidad de comer.

Ahora bien: cuando el hombre se ve obligado a aceptar una necesidad externa, mediata, se encuentra en una situación equívoca, bivalente; porque equivale a que se le invitase a hacer suya -esto significa aceptar- una necesidad que no es suya. Tiene, quiera o no, que comportarse como si fuese suya -se le invita, pues, a una ficción, a una falsedad. Y aunque el hombre ponga toda su buena voluntad para lograr sentirla como suya, no está dicho que lo logre, no es ni siquiera probable.

Hecha esta aclaración, fijémonos en cuál es la situación normal del hombre que se llama estudiar, si usamos sobre todo este vocablo en el sentido que tiene como estudio del estudiante -o, lo que es lo mismo, preguntémonos qué es el estudiante como tal. Y es el caso que nos encontramos con algo tan estupefaciente como la escandalosa frase con que yo he iniciado este curso.

Nos encontramos con que el estudiante es un ser humano, masculino o femenino, a quien la vida le impone la necesidad de estudiar las ciencias de las cuales él no ha sentido inmediata, auténtica necesidad. Si dejamos a un lado casos excepcionales, reconoceremos que en el mejor caso siente el estudiante una necesidad sincera, pero vaga, de estudiar “algo”, así in genere, de “saber”, de instruirse. Pero la vaguedad de este afán declara su escasa autenticidad. Es evidente que un estado tal de espíritu no ha llevado nunca a crear ningún saber -porque éste es siempre concreto, es saber precisamente esto o precisamente aquello, y según la ley, que ha poco insinuaba yo, de la funcionalidad entre buscar y encontrar, entre necesidad y satisfacción, los que crearon un saber es que sintieron, no el vago afán de saber, sino el concretísimo de averiguar tal determinada cosa.

Esto revela que aun en el mejor caso -y salvas, repito, las excepciones-, el deseo de saber que pueda sentir el buen estudiante es por completo heterogéneo, tal vez antagónico del estado de espíritu que llevó a crear el saber mismo. Y es que, en efecto, la situación del estudiante ante la ciencia es opuesta a la que ante ésta tuvo su creador. Éste no se encontró primero con ella y luego sintió la necesidad de poseerla, sino que primero sintió una necesidad vital y no científica y ella le llevó a buscar su satisfacción, y al encontrarla en unas ciertas ideas resultó que éstas eran la ciencia.

En cambio, el estudiante se encuentra, desde luego, con la ciencia ya hecha, como una serranía que se levanta ante él y le cierra su camino vital. En el mejor caso, repito, la serranía de la ciencia le gusta, le atrae, le parece bonita, le promete triunfos en la vida. Pero nada de esto tiene que ver con a necesidad auténtica que lleva a crear la ciencia. La prueba de ello está en que ese deseo general de saber es incapaz de concretarse por si mismo en el deseo estricto de un saber determinado. Aparte, repito, de que no es un deseo lo que lleva propiamente al saber, sino una necesidad. El deseo no existe si previamente no existe la cosa deseada -ya sea en la realidad, ya sea, por lo menos, en la imaginación. Lo que por completo no existe aún, no puede provocar el deseo. Nuestros deseos se disparan al contacto de lo que ya está ahí. En cambio, la necesidad auténtica existe sin que tenga que preexistir ni siquiera en la imaginación aquello que podría satisfacerla. Se necesita precisamente lo que no se tiene, lo que falta, lo que no hay, y la necesidad, el menester, son tanto más estrictamente tales cuanto menos se tenga, cuanto menos haya lo que se necesita, lo que se ha menester.

Para ver esto con plena claridad no es preciso que salgamos de nuestro tema -basta con comparar el modo de acercarse a la ciencia ya hecha, el que sólo va a estudiarla y el que siente auténtica, sincera necesidad de ella. Aquél tenderá a no hacerse cuestión del contenido de la ciencia, a no criticaría; al contrario, tenderá a reconfortarse pensando que ese contenido de la ciencia ya hecha tiene un valor definitivo, es la pura verdad. Lo que busca es simplemente asimilársela tal y como está ya ahí. En cambio, el menesteroso de una ciencia, el que siente la profunda necesidad de la verdad, se acercará cauteloso al saber ya hecho, lleno de suspicacias, sometiéndolo a crítica; más bien con el prejuicio de que no es verdad lo que libro sostiene; en suma, precisamente porque necesita un saber con radical angustia, pensará que no lo hay y procurará deshacer el que se presenta como ya hecho.

Hombres así son los que constantemente corrigen, renuevan, recrean la ciencia. Pero eso no es lo que en su sentido normal significa el estudiar del estudiante. Si la ciencia no estuviese ya ahí, el buen estudiante no sentiría la necesidad de ella, es decir, que no sería estudiante. Por tanto, se trata de una necesidad externa que le es impuesta. Al colocar al hombre en la situación de estudiante se le obliga a hacer algo falso, a fingir que siente una necesidad que no siente.

II: Estudiar es constitutivamente contradictorio y falso.

Pero a esto se opondrán algunas objeciones. Se dirá, por ejemplo, que hay estudiantes que sienten profundamente la necesidad de resolver ciertos problemas que son los constitutivos de tal o cual ciencia. Es cierto que los hay, pero es insincero llamarlos estudiantes. Es insincero y es injusto. Porque se trata de casos excepcionales, de criaturas que, aunque no hubiese estudios ni ciencia, por si mismos y solos inventarían, mejor o peor, ésta y dedicarían, por inexorable vocación, su esfuerzo a investigar. Pero ¿y los otros? ¿La inmensa y normal mayoría?

Éstos y no aquellos pocos venturosos, éstos son los que realizan el verdadero sentido -y no el utópico- de las palabras “estudiar” y “estudiante”. ¡Con éstos es con quienes se es injusto al no reconocerlos como los verdaderos estudiantes y no plantearse con respecto a ellos el problema de qué es estudiar como forma y tipo de humano hacer!

Es un imperativo de nuestro tiempo, cuyas graves razones expondré un día en este curso, obligarnos a pensar las cosas en su desnudo, efectivo y dramático ser. Es la única manera de encontrarse verdaderamente con ellas. Sería encantador que ser estudiante significase sentir una vivacísima urgencia por este y el otro y el otro saber. Pero la verdad es estrictamente lo contrario: ser estudiante es verse el hombre obligado a interesarse directamente por lo que no le interesa, o a lo sumo le interesa sólo vaga, genérica o indirectamente.

La otra objeción que habría de hacérseme es recordarme el hecho indiscutible de que los muchachos o las muchachas sienten sincera curiosidad y peculiares aficiones. El estudiante no lo es en general, sino que estudia ciencias o letras, y esto supone una predeterminación de su espíritu, una apetencia menos vaga y no impuesta de fuera.

En el siglo XIX se ha dado demasiada importancia a la curiosidad y a las aficiones; se ha querido fundar en ellas cosas demasiado graves, es decir, demasiado ponderosas para que puedan sostenerlas entidades tan poco serias como aquéllas.

Este vocablo “curiosidad”, como tantos otros, tiene doble sentido -uno de ellos primario y sustancial, otro peyorativo y de abuso- lo mismo que la palabra “aficionado”, que significa el que ama verdaderamente algo, pero también el que es sólo amateur. El sentido propio del vocablo “curiosidad” brota de su raíz, que da una palabra latina sobre la cual nos ha llamado la atención recientemente Heidegger: cura, los cuidados, las cuitas, lo que yo llamo la preocupación. De cur-a a viene cur-iosidad. De aquí que en nuestro lenguaje vulgar un hombre curioso es un hombre cuidadoso, es decir, un hombre que hace con atención y extremos rigor y pulcritud lo que tiene que hacer, que no se despreocupa de lo que le ocupa, sino, al revés, se preocupa de su ocupación.

Todavía en el antiguo español cuidar era preocuparse -curare. Este sentido originario de cura o cuidados pervive en nuestras voces vigentes curador, procurador, procurar, curar, y en la misma palabra cura, que vino al sacerdote porque éste tiene cura de almas. Curiosidad es, pues, cuidadosidad, preocupación.

Como, viceversa, incuria es descuido, despreocupación, y seguridad –securitases, ausencia de cuidados y preocupaciones. Si busco las llaves es porque me preocupo de ellas, y si me preocupo de ellas es porque las he menester para hacer algo, para ocuparme.

Cuando este preocuparse se ejercita mecánicamente, insinceramente, sin motivo suficiente y degenera en prurito, tenemos un vicio humano que consiste en fingir cuidado por lo que no nos da en rigor cuidado, en un falso preocuparse por cosas que no nos van de verdad a ocupar; por tanto, en ser incapaz de auténtica preocupación. Y esto es lo que significa peyorativamente empleados los vocablos “curiosidad”, “curiosear” y “ser un curioso”.

Cuando se dice, pues, que la curiosidad nos lleva a la ciencia, una de dos, o nos referimos a aquella sincera preocupación por ella que no es sino lo que yo antes he llamado “necesidad inmediata y autóctona” -la cual reconocemos que no suele ser sentida por el estudiante-, o nos referimos al frívolo curiosear, al prurito de meter las narices en todas las cosas, y esto no creo que pueda servir para hacer de un hombre un científico.

Estas objeciones son, por tanto, vanas. No andemos con idealizaciones de la áspera realidad, con beaterías que nos inducen a debilitar, esfumar, endulzar los problemas, a ponerles bolas en los cuernos. El hecho es que el estudiante tipo es un hombre que no siente directa necesidad de la ciencia, preocupación por ella y, sin embargo, se ve forzado a ocuparse de ella. Esto significa ya la falsedad general del estudiar. Pero luego viene la concreción, casi perversa por lo minuciosa, de esa falsedad -porque no se obliga al estudiante a estudiar en general, sino que éste se encuentra, quiera o no, con el estudio disociado en carreras especiales y la carrera constituida por disciplinas singulares, por la ciencia tal o la ciencia cual. ¿Quién va a pretender que el joven sienta efectiva necesidad, en un cierto año de su vida, por tal ciencia que a los hombres antecesores les vino en gana inventar?

Así, de lo que fue una necesidad tan auténtica y vivaz que a ella dedicaron su vida íntegra unos hombres -los creadores de la ciencia-, se hace una necesidad muerta y un falso hacer. No nos hagamos ilusiones; en ese estado de espíritu no se puede llegar a saber el saber humano.

Estudiar es, pues, algo constitutivamente contradictorio y falso. El estudiante es una falsificación del hombre. Porque el hombre es propiamente, sólo lo que es auténticamente por íntima. e inexorable necesidad. Ser hombre no es ser, o, lo que es igual, no es hacer cualquier cosa, sino ser lo que irremediablemente se es. Y hay los modos más distintos entre si de ser hombre, y todos ellos igualmente auténticos. El hombre puede ser hombre de ciencia y hombre de negocios u hombre político u hombre religioso, porque todas estas cosas son, como veremos, necesidades constitutivas e inmediatas de la condición humana. Pero el hombre por si mismo no sería nunca estudiante, como el hombre por si mismo no sería nunca contribuyente. Tiene que pagar contribuciones, tiene que estudiar, pero no es ni contribuyente ni estudiante. Ser estudiante, como ser contribuyente, es algo “artificial” que el hombre se ve obligado a ser.

Esto que al principio pudo parecer tan estupefaciente, resulta que es la tragedia constitutiva de la pedagogía, y de esa paradoja tan cruda debe, a mi juicio, partir la reforma de la educación.

Porque la actividad misma, el hacer que la pedagogía regula y que llamamos estudiar, es en si mismo algo humanamente falso, acontece lo que no suele subrayarse tanto como debiera, a saber: que en ningún orden de la vida sea tan constante y habitual y tolerado lo falso como en la enseñanza. Yo sé bien que hay también una falsa justicia, esto es, que se cometen abusos en los juzgados y audiencias. Pero sopese con su experiencia cada uno de los que me escuchan si no nos daríamos por muy contentos con que no existiesen en la efectividad de la enseñanza más insuficiencias, falsedades y abusos que los padecidos en el orden jurídico. Lo que allí se considera como abuso intolerable -que no se haga justicia- es correspondientemente casi lo normal en la enseñanza: que el estudiante no estudia, y que si estudia, poniendo su mejor voluntad, no aprende; y claro es que si el estudiante, sea por lo que sea, no aprende, el profesor no podrá decir que enseña, sino a los sumo, que intente, pero no logra enseñar.

Y entretanto se amontona gigantescamente, generación tras generación, la mole pavorosa de los saberes humanos que el estudiante tiene que asimilarse, tiene que estudiar. Y conforme aumenta y se enriquece y especializa el saber, más lejos estará el estudiante de sentir inmediata y auténticamente la necesidad de él. Es decir, que cada vez habrá menos congruencia entre el triste hacer humano que es el estudiar .y el admirable hacer humano que es el verdadero saber. Y esto acrecerá la terrible disociación, que hace un siglo por lo menos se inició, entre la cultura vivaz, entre el auténtico saber y el hombre medio. Porque como la cultura o saber no tiene más realidad que responder y satisfacer en una u otra medida a necesidades efectivamente sentidas y el modo de transmitir la cultura es el estudiar, el cual no es sentir esas necesidades, tendremos que la cultura o saber se va quedando en el aire, sin raíces de sinceridad en el hombre medio a quien se obliga a ingurgitarlo, a tragárselo.

Es decir, que se introduce en la mente humana un cuerpo extraño, un repertorio de ideas muertas, inasimilables o, lo que es lo mismo, inertes. Esta cultura sin raigambre en el hombre, que no brota en él espontáneamente, carece de autoctonía, de indigenato, es algo impuesto, extrínseco, extraño, extranjero, ininteligible; en suma, irreal.

Por debajo de la cultura recibida, pero no auténticamente asimilada, quedará intacto el hombre; es decir, quedará inculto; es decir, quedará bárbaro. Cuando el saber era más breve, más elemental y más orgánico, estaba más cerca de poder ser verdaderamente sentido por el hombre medio, que entonces lo asimilaba, lo recreaba y revitalizaba dentro de si. Así se explica la colosal paradoja de estos decenios: que un gigantesco progreso de la cultura haya producido un tipo de hombre como el actual, indiscutiblemente más bárbaro que el de hace cien años. Y que la aculturación o acumulo de cultura produzca paradójica, pero automáticamente, una rebarbarización de la humanidad.

Comprenderán ustedes que no se resuelve el problema diciendo: “Bueno; pues si estudiar es una falsificación del hombre, y además lleva o puede llevar a tales consecuencias, que no se estudie”. Decir esto no sería resolver el problema: sería sencillamente ignorarlo.

Estudiar y ser estudiante es siempre, y sobre todo hoy, una necesidad inexorable del hombre. Tiene éste, quiera o no, que asimilarse el saber acumulado, so pena de sucumbir individual o colectivamente. Si una generación dejase de estudiar, la humanidad actual, en sus nueve décimas partes, moriría fulminantemente. El número de hombres que hoy viven sólo pueden subsistir merced a la técnica superior de aprovechamiento del planeta que las ciencias hacen posible. Las técnicas se pueden enseñar mecánicamente. Pero las técnicas viven del saber, y si éste no se puede enseñar, llegará una hora en que también las técnicas sucumbirán.

Hay, pues, que estudiar; es ello, repito, una necesidad del hombre -pero una necesidad externa, mediata, como lo era seguir la derecha que me marca el guardia de la circulación cuando necesito pasear. Mas hay entre ambas necesidades externas -el estudiar y el llevar la derecha- una diferencia esencial, que es la que convierte el estudio en un sustantivo problema.

Para que la circulación funcione perfectamente no es menester que yo sienta íntimamente la necesidad de ir por la derecha: me basta con que de hecho camine ya en esa dirección; basta con que la acepte, con que finja sentirla. Pero con el estudio no acontece, lo mismo; para que yo entienda de verdad una ciencia no basta que yo finja en mi la necesidad de ella o, lo que es igual, no basta que tenga la voluntad de aceptarla; en fin, no basta con que estudie. Es preciso, además, que sienta auténticamente su necesidad, que me preocupen espontánea y verdaderamente sus cuestiones; sólo así entenderé las soluciones que ella da o pretende dar a esas cuestiones. Mal puede nadie entender una respuesta cuando no ha sentido la pregunta a que ella responde.

El caso del estudiar es, pues, diferente del de caminar por la derecha. En éste es suficiente que yo lo ejercite bien para que rinda el efecto apetecido. En aquél, no; no basta con que yo sea un buen estudiante para que logre asimilar la ciencia. Tenemos, por tanto, en él un hacer del hombre que se niega a si mismo: es a un tiempo necesario e inútil. Hay que hacerlo para lograr un cierto fin, pero resulta que no lo logra. Por esto, porque las dos cosas son verdad a la par -su necesidad y su inutilidad- es el estudiar un problema.

Un problema es siempre una contradicción que la inteligencia encuentra ante sí, que tira de ella en dos direcciones opuestas y amenaza con desgarrarla. La solución a tan crudo y bicorne problema se desprende de todo lo que he dicho: no consiste en decretar que no se estudie, sino en reformar profundamente ese hacer humano que es el estudiar y, consecuentemente, el ser del estudiante. Para esto es preciso volver del revés la enseñanza y decir: enseñar no es primaria y fundamentalmente sino enseñar la necesidad de una ciencia y no enseñar la ciencia cuya necesidad sea imposible hacer sentir al estudiante…

Fuente: La Nación, de Buenos Aires, 23 de abril de 1933